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domingo, 19 de julio de 2020

El desengaño amoroso de los glaciares andinos.

A Nicole,                                 
Prueba de que el futuro está aquí.



De niño, urbano como fui, me parecía muy especial el que un país, el mío, sin tener muy claro lo que eso significara, tuviera todo lo que uno veía en la tele, esa novedad que nos traía toda la monocromía del mundo al hogar. infinitos que se movían entre Macuto y Los Caracas allende Naiguatá.

Películas de selvas   -así es Guayana-  decían en casa, de desiertos   -Mira, como los Médanos de Coro- escuchaba, o aquellos documentales de alpinistas, (como le decíamos hasta hace muy poco  a todo el que escalaba montañas) acotados por un “Nevados como en Mérida”. Pensaba que lo teníamos todo aquí adentro. Yo aún no lo había visto pero me bastaba con los testimonios de quienes me rodeaban. Sólo para las historias de piratas tenía una referencia tangible: mis inmensos mares

Poco a poco fui conociendo esas humedades, calores y fríos de los climas que nos guardaban los paisajes nuestros. Conocí los calores desérticos y las arenas de Falcón y así, los Médanos de Coro. Recuerdo una conversación con una señora ya de edad avanzada que nos hablaba de los médanos, en el zaguán de su casa, típica colonial del sitio, en términos humanizados.
-Hoy amanecieron alborotados – decía la señora refiriéndose a las arenas.
- Se comieron la vía y están ahí echa'os. -Y concluía- Ahora habrá  que llevar la máquina a que los empujen.
Los trataba como si fueran gente, como muchachos traviesos que así como cortaban la carretera podían mover o desaparecer un montículo, que si servía de referencia orientadora a los nuevos visitantes, lo efímero provocaba que se extraviaran. Así se llevaban ese recuerdo a manera de souvenir de la travesura de “los muchachos”.


De todos esos climas y sus naturalezas era, para mí, la nieve y el frío lo menos natural y por ello insólito. Que el agua de mares y ríos se moviera y se regara, al final era agua, era obvio. El calor de desierto bajo el sol era obra lógica de ese sol. Pero las cumbres nevadas donde el agua ya no era líquida sino que se hacía sólida. Donde a pleno sol las temperaturas dejaban los ceros altos, era demasiada magia absurda.

En la escuela me explicaron las imágenes de la tele con una leyenda que confirmaba mi sospecha: ese  frío era un sortilegio. Escuché allí, por primera vez, la leyenda de Las Cinco Águilas Blancas, recopilada de la tradición oral de los Mirripuyes y que hablaba específicamente de nuestras cumbres nevadas de Mérida.

La leyenda decía más o menos que Caribay, hija del Sol Zuhe y la Luna Chía, vio volar cinco águilas blancas y quiso adornarse con sus plumas. Las siguió tras el rastro de sus sombras por valles y montañas. Desde esas alturas logró verlas posarse en un risco.
Aprovechó su quietud y fue hacia ellas pero no pudo hacerse de sus deseadas plumas. Las águilas estaban congeladas, eran cinco enormes masas de hielo. Caribay, aterrorizada, huyó. A poco, su madre Chía, se oscureció y las cinco águilas despertaron. Enfurecidas, sacudieron sus alas y la montaña toda se cubrió con el plumaje deseado.

Formó parte de mis fantasías por algún tiempo hasta que me encontré con ese paisaje. Descubrí, como en Coro, que la gente establece relaciones entrañables con su entorno y especialmente con los fenómenos y formaciones naturales particulares de sus regiones y de hecho parte de su tránsito vital termina siendo orientado por ese entorno natural. Creo que una forma de propiciar esa fraternidad es asignándole un alma. Convertidos en seres animados hace natural el tutearse con ellos. Esa leyenda de las Cinco Águilas es una muestra de eso.

El recopilador de la leyenda fue Tulio Febres Cordero un merideño que se me hace un soñador pragmático, poliédrico dirían ahora, cuya vida giró en torno a su ciudad y desde muchos ángulos, de las letras a la ciencia. En mis visitas a la zona, ya por trabajo, ya por placer, las conversaciones acerca de los picos nevados se desarrollaban en pronombres de nosotros, vosotros, ellos que equiparaba cualquiera de los glaciares con un humano más.

En alguna oportunidad escuché decir que los glaciares “Tienen masas de hielo suficientes para prepararle sorbetes al mundo entero por centenares de años”. Los presentan como quienes comparten sus golosinas, sus meriendas, lo que nos habla de esa humanización.



Pero esto va más allá de sólo un decir. La verdad es que esos sorbetes se hicieron realidad y bajaron a la ciudad. A comienzos de los años ochenta Manuel Da Silva decide abrir una heladería, Coromoto la llamó. Aunque él confiesa que al retirarse de la fábrica de helados en la que trabajaba, decidió comercializar sus propios helados, yo creo que más bien decidió por la poesía.
Conocí a Don Manolo, como le llaman todos, en su heladería, modesta como la mayoría de los sitios en Mérida para esa época. Nos contó que llegó de Portugal  (tierra de nobel de literatura y grandes poetas) a Mérida, la que adoptó como su ciudad. Se deslumbró con la nieve de los glaciares, se impresionó con los colores de su agricultura y los sabores de la cría y la pesca del sitio y de allí obtuvo la materia prima para su obra: helados, en plural. Tan en plural que más de treinta años después, se conoce como "Heladería Coromoto, la de los mil sabores" la verdad es que eran algo más de 850 y por ello dos veces Record Guinness.

Me parece una hermosísima actividad íntimamente relacionada con su región que la identifica y lo identifica, además de entregar a locales y visitantes miles de pequeños glaciares de colores y sabores con los que, a lo mejor sin quererlo, hizo honor a esas cumbres nevadas que coronaban su mundo adoptado.

Es interesante conocer en sitio, para mejor comprenderlo, la íntima relación de los habitantes con su entorno. Por ejemplo cuando nos contaban de antepasados que mantuvieron una relación bien particular con sus glaciares que fueron proveedores…  de frío a domicilio.
Los hieleros eran intermediarios entre las nieves y los hogares. Trasladaban kilos, unos veinte por persona, que con logística rendidora de dos medios viajes con la mitad de la carga y un medio viaje con toda la carga, llevaban la encomienda de la montaña proveedora al pueblo que lo agradecía.
Los hieleros atendieron las encomiendas de los picos nevados para los lugareños hasta que hubo la primera planta productora de hielo y las primeras neveras. El frío domesticado. Me gustó ver la heladería de Don manolo como una herencia de los antiguos Hieleros.

Hace unos meses me topé con un trabajo editorial que hablaba de la desaparición acelerada de los glaciares. Esas formaciones que me fueron tan atractivas desde niño. Que de tan natural presencia y (ahora) cercanía dimos por dada, resulta que es una “especie en extinción”
Nicole: el futuro 









La visita reciente de dos generaciones de mi descendencia al páramo andino y el intercambio de lluvia de imágenes, que a la velocidad de hoy, produce un minuto a minuto de la visita desde la distancia, me confrontó con lo efímero de la vida (Otro concepto de la misma escuela que me contó lo de las Cinco Águilas).
Mientras yo de niño fantaseaba con imágenes nevadas en blanco y negro, esos glaciares o esas Cinco Águilas, si lo prefieren, invitaron, bienvinieron y alojaron a visitantes que, más allá de lo contemplativo, interactuaron deportivamente, hombre-natura, en actividades tan extremas como el descenso en esquí sobre nieve.
Hasta los años sesenta  sólo había cinco pistas de esquí consideradas como las más altas del mundo y una de ellas estaba en nuestra Sierra Nevada de Mérida. Era el Pico Espejo. Ciertamente no es una de las cinco Águilas Blancas, pero eso sería solo un detalle porque desde él podía verse la continuidad nívea  de las cinco aves legendarias.

Año 1956 - Fotografía cortesía de Venezuela Inmortal





A un lado, los Picos Bolívar, La Concha y, como uno, el Humboldt y el Bonpland, compartiendo una misma estructura. Al otro, los picos El Toro y El León.

Parece mentira  hoy a tan relativamente pocos años estemos presenciando la desaparición de esos glaciares al extremo de ser testigos de la agonía del último de ellos.
Otra evidencia de cómo el entorno puede inspirar la vida de sus habitantes es el que quizás fue el último testigo del proceso de deshielo de nuestros glaciares andinos. Se llamaba Francisco. Era otro enamorado de esas nieves. Les escribió canciones, poemas, contrapunteos y hasta chistes. A falta de fotografías, narraba imágenes que podían hacer sentir a quienes  bien escucháramos,  la nostalgia de un pasado que no habíamos vivido.

Ya el “creador de leyendas” como se le conoció a Tulio Febres Cordero, al tiempo de publicar “Las Cinco Águilas Blancas” escribía esto:

“(…) el deshielo es evidente. De ello no se da cuenta la nueva generación sino a medias; pero los que contemplamos los bellos nevados hace más de cincuenta años, vemos con tristeza que la gran maravilla de Mérida, su diadema de perpetuas nieves, va desapareciendo de un modo sensible.” 

Un hombre producto de la magia de los glaciares, me parece. Era años veinte del siglo pasado y esa suerte de predicción, para decirlo en términos de hoy, no llegó a ser trending topic.

          ................

Pues sí, el tiempo pasa. Desde mis fantasías infantiles con las cumbres heladas hasta hoy ya no hay pista para descenso en esquí, Francisco falleció hace unos meses en 2018. La heladería Coromoto vivió sus propias glaciaciones y cerró dos veces por escases de insumos y una tercera por duelo. Don Manuel también nos dejó. Y la leyenda de las Águilas Blancas perderá sentido al explicar algo que no existe.
Dicho en una sola oración: Hoy los glaciares andinos son una nostalgia, ya no más una esperanza.
Y vuelvo a fantasear aquí sentado ante este teclado, ya en clave nostálgica.
Sumo los años de contemporaneidad amorosa y registro acucioso de los glaciares de Tulio Febres Cordero y Francisco Castillo, también los más de sesenta de Don Manuel Da Silva entre nosotros y los proyecto en el  tiempo unos doscientos años hacia adelante. Gracias a la física cuántica pliego el tiempo y perforo. Así  traigo del futuro una minicrónica encontrada en el cofre de los libros perdidos al final de ese túnel de gusano o madriguera de conejo (para citar un clásico). Aunque creo que faltan algunas páginas miren lo que dice:

"En una cápsula que se desplaza en este sistema ya multicentenario de ascenso a la montaña y que, no obstante los avances tecnológicos y los cambios de diseño, seguimos llamando teleférico, nos hacen  un turisteo contemplativo a distancias de tiempo y de espacio.
Nuestra guía, con el acento del hablar de la zona, marcado por esa eterna amabilidad idiosincrática, nos decía:

-¿Ven aquellas elevaciones? Sí, esos seis picos que a ratos parecen cinco. Pues cuenta la historia que fueron llamados los de las nieves perpetuas. Vistos así, tan verdes o tan ocres, según la temporada, pareciera que estuviéramos hablando de nuestra Atlántida local. Para mí eso es toda una leyenda urbana -Remataba con aires de que era una ocurrencia del momento.

-Ante la leyenda prefiero el mito de las Cinco Águilas Blancas -Dijo la muy joven guía de muy colorados pómulos.
Y continuó:
-Dice el mito que estas cinco águilas, eran muy pero que muy blancas, tanto que solo podían verse contra cielos despejados de ese azul que no sé por qué los padres de mis abuelos llamaban decembrino; mientras que contra cielos nublados solo sus ojos eran perceptibles. Redondos, negros, brillantes. Las águilas eran enormes, eran hermosas, y en su vejez, cargadas de belleza, de valores ancestrales y del poder del frío, se posaron en esas cumbres con la esperanza de eternizarse en ellas y esa ilusión se cumplió.


Blanquearon las cimas, bajaron sus temperaturas, variaron su vegetación, revalorizaron el oxígeno. Y así pasó el tiempo y se hicieron tiempo, hasta que el amor, también con alas, ya no de águila, pero muy amplias, se hizo presente y volando en círculos supo de aquella ilusión de las veneradas águilas blancas.

Entonces el Amor ascendió en espiral y desde un centro cenital, asumiéndose como el único eterno y erudito, en tono arrogante sentenció:


"Toda eternidad, como el amor eterno, es eterna mientras dura"...

                                Y las nieves se derritieron.




Nota:
Este texto fue producido para el taller de Crónica de la Fundación Biggot
en el primer semestre del año 2019 y rescatado ahora en julio de 2020
a propósito de una generosa nevada, cada vez menos comunes
y muy noticiosas, en las  montañas merideñas a las que alude su contenido.

Nicolás Baselice Wierman.
@nbaselice en twitter
Instagram @nbaselice
Julio 2020.

viernes, 1 de julio de 2016

Vamos de lengua


No voy a decir que son mis años, que sí lo son, sino que me tocó vivirlos en tiempos de cambios rápidos y el lenguaje no escapa de ello. Si bien la tecnología es razón ineludible y obligante de muchos de esos cambios en designaciones nominales, también es verdad que nos plegamos a modas del hablar cotidiano, terminando por degenerar en mucho el lenguaje hasta comprometer la comunicación, que es su objetivo final.

Recuerdo de  pequeño que la unidad de servicio público de transporte individual se le llamaba carro libre y uno llamaba un libre si necesitaba ir rápidamente a alguna parte. El cambio de Libre al sofisticado vocablo Taxi es uno de mis primeros registros de esos cambios de denominación que parecía que nada lo justificaba. Quiero decir, que esos autos seguían siendo los mismos, operaban de la misma manera el negocio, etc, y sin embargo su nombre mutó.

Por el contrario hay otros que sobreviven a la evolución de su significado, claro, perdiendo su sentido original para convertirse en sustantivos casi puros. Película, sí, esa que vemos en cine o tv fue en su origen una película propiamente dicha, una cinta muy delgada de celuloide. Hoy en día ni en los cines usan celuloide, o películas, sin embargo las vemos, allí están, así se llaman… magia pura.
En los años 70 se dieron unas modas en el lenguaje, que por pretensiones intelectualoides, nos pusieron a hablar mal, pero nos sonaba tan “académico” y, por qué no decirlo, tan bonito. El sobreviviente dequeísmo es una de ellas.

No vamos a meternos hoy con la atropeyante  Neolengua que el régimen venezolano viene imponiendo a fuerza de repetición en una suerte de caricatura de la 1984 de Orwell. Solo que ésta transita de la demagogia a la ignorancia…

Esto es demasiado tentador. Permítame 
una digresión chismosa rapidito.
Hace unos días una funcionaria del régimen venezolano ordenó, por escrito, a sus subalternos directos, revisar las listas de los trabajadores firmantes por la revocación del presidente e “instarlos” a retirar sus firmas. Pero que lo hicieran con “discrecionalidad”. En el sentido del texto queda claro que intentaba decir discreción porque casi está escrito en letras más pequeñas.
Qué ironía, discreción que tiene que ver con la prudencia y la sensatez lo confunde con discrecionalidad (sustantivo que no aparece porque ya existe discreción) que tiene más que ver con la voz “A discreción” o con el “poder discrecional” que por el contrario se acerca, nada discretamente por cierto, a la idea del autoritarismo. Lo dicho, Neolengua por ignorancia.

Digresiones aparte (que no discreciones) quiero decir algo acerca de decir. Es tan fácil decir algo que no soportamos semejante simpleza. Es así como a la recepcionista, o en todo caso, el dependiente de cualquier servicio, al final del trámite se le oye “Me indica su nombre y número de carnet de identidad”…  repito, tan fácil que sería “Por favor (claro) me dice su nombre”

Indicar supone una acción mental de emisión y otra de recepción un tanto más compleja. Veamos. Decir es expresar algo con palabras, y solo eso, nada más. En cambio indicar es MOSTRAR algo con señales, gestos o palabras, y me dirán: ¿viste, viste? con palabras. Y es verdad, pero no me nieguen que decir es más sencillo, entonces eficiente y por eso bello. Particularmente definiría indicar con el inclusivo ”Y”, o sea, “Es mostrar algo con señales, gestos  Y  palabras.

Como dice un humorista español: no lo digo lo hago. He aquí una situación:

-Me indica su nombre y número de cédula. Dice la jovencísima funcionaria con una sonrisa técnica.

Y nuestra víctima de la zancadilla lingüística comienza a mover la cabeza buscando en el entorno las letras con la que pueda armar su nombre señalándolas en el orden de aparición para evitar predicciones, haciendo gestos de NO cuando el solicitante trata de adivinar como en los concursos españoles de refranes con ruleta, y finalmente soltando una interjección de alivio, de esas que antes se decían solo en la intimidad, porque logra el objetivo de indicar algo tan sencillo como el nombre y número de identidad.
                                                             Agotador, estresante.

Así, la nueva moda es sustituir palabras por otras que se suponen sinónimas, o mejor dicho, que las fuerzan a ello. ¿La razón? Parece que suenan más elegantes. Veamos.

Colocar por poner. Usted no escuchará el verbo poner en ningún programa de moda, diseño o emprendimiento, o de conductor Socialité como creo que le dicen a esa nueva profesión (?) lo que sí habrá, y mucho, son espectaculares por minuto. Si esta profesión se estudia deben pasar un semestre de teoría, laboratorio y taller de pronunciación de la palabra “Chic”. No usan la che sino una S larga y arrastrada hasta la C final, casi desapareciendo la I intercalada. Más o menos así: SsssssshiC.

Como decía, parece que el verbo poner es ordinario y de baja ralea (como la che). ¿Cuándo cayó en desgracia? No lo sé, podría haber ido en caída en paralelo inverso con la proliferación de nuestros diseñadores de moda y alta costura, junto con la industria del Miss Venezuela. Es una hipótesis.

Bueno, resulta que Poner tiene más de 20 acepciones y formas de uso entre las que está, taxativamente dicha, la de ponerse ropa (sí, ponérsela encima, vestirse). Por otro lado está colocar, que con unas cuatro entradas apenas, lo más que podríamos hacer con respecto a los trapos, es colocarlos en una gaveta, percha o algo así. Es curioso, pero entre las pocas acepciones de colocar está la expresión “colocado” equivalente a estar drogado. ¿Será esa la explicación? Uno se pone la ropa a menos que esté trono, en cuyo caso, ¿se la coloca?

En ese mismo ámbito está el pugilato entre hacer y realizar. Hacer, también con unas 20 formas de uso y acepciones tiene el reflexivo con el sentido de aparentar por lo que “hacerse el sifrino” no solo es válido sino que en este caso hace que la culebra se muerda la cola. En contraste, realizar nos da cuatro usos y, en tan estrecho abanico, va de uno tan específico y concreto como realizador cinematográfico a otro tan subjetivo como la realización personal, “realizar las propias aspiraciones”. 
¿Que puede genéricamente ser sinónimo de hacer? Sí, en tanto que se define como ”hacer algo real o efectivo” pero es más del ámbito subjetivo, místico, etéreo; además no deja de ser irónico que necesite del verbo hacer para definirse a sí mismo. Un ejemplo definitivo: entre las dos decenas de usos de hacer está, explícito, el referido a la deposición de excretas (escatología mediante) por lo que supongo que estos socialités  y sus seguidores (parejeros diría mi abuela) no hacen sino que realizan pupú.

Con barato y económico pasa otro tanto. Mi hipótesis es que vino con el ascenso social. A la mayoría de los de mi generación nos criaron comprado barato, pero al subir en la escala social lo barato queda atrás y cambia de nombre… ahora se llama económico. Eso sí, la intención y la categoría de los productos suelen ser las mismas de antes.

Habría por justicia que hacer una salvedad. Dada la situación venezolana después de 17 años de revolución en la que el 90% de la población empieza a pasar a las estadísticas de la pobreza en lapsos de semanas, los que van en retroceso de ese logrado ascenso social, hacen resistencia con lo que pueden y el lenguaje también puede ser una trinchera.

Barato, con significado tan directo como “que se compra o vende a bajo precio o por un precio menor a lo esperable” o, más subjetivamente, casi moral “lo conseguido con poco esfuerzo” y su colectiva derivación femenina, la barata, que viene a ser la venta de garaje que siempre será de cosas de bajo precio pero todas juntitas, se enfrenta a Económico que, sí, ciertamente es poco costoso pero su espacio natural es el de la economía como disciplina, tan es así que dos productos aparentemente iguales podrían tener diferente costo y el menor será siempre el más barato mientras que el de mayor precio podría ser el más económico. Económico implica una cierta complejidad de relación calidad-precio que lo hace, no solo un término relativo, sino muy subjetivo. A lo mejor por eso suena tan exquisito preferir el uso de económico cuando se quiere comprar barato. A mí me parece un complejo de falsa sinonimia.

Antes de pasar a la otra orilla, encontramos Caro, de precio elevado pero también como querido y amado: Caro amigo. Pero costoso, que cuesta mucho, tiene un ámbito más impreciso, casi etéreo. Volvemos de nuevo a lo concreto y lo subjetivo. Despachemos rápido con este ejemplo: Cuesta mucho trabajo conseguir el dinero para comprar barato. Ya lo dijo el poeta: No es lo mismo valor y precio. No sé si me explico.






Nada tan memorable como los adjetivos y entre ellos, los calificativos. Me encantan, son tentadores, uno escribe apasionadamente y llena aquello de adjetivos… luego revisa, limpia, los desaparece casi en su totalidad y queda, como dice mi maestra,  lo sustantivo. No es gratuita la metáfora de lo sustantivo, lo sustancial como lo importante, contrastado con lo adjetivo, lo prescindible. Lo que pasa es que el adjetivo solo aparece si antes está el sustantivo al que se refiere. Cuando se dice hermoso (?) uno queda como cuando en la música nos dan un acorde de quinta y quedamos esperando la tónica, dicho de otra manera quedamos jajando, como dice mi mujer (no voy a contar en qué contexto) Pero si se dice: rostro hermoso, ah, qué alivio, sabemos a qué se refiere, imaginamos el rostro o sencillamente discrepamos, porque además                                                                                           de prescindible, el adjetivo suele ser subjetivo.

La moda de hoy pretende confundir los espacios de mis amados y humildes adjetivos con los del prepotente adverbio (esta adjetivación es una pequeña venganza). Digo prepotente porque el adverbio modifica al verbo, puede modificar adjetivos y, he aquí la suma prepotencia, puede modificar otros adverbios. Son ganas de buscarle problemas al adjetivo metiéndolo a la fuerza en el sitio del adverbio, sabiendo de lo que es capaz este malandro.

A ver, pidamos un beso. Bésame, listo. Pues no, soy un besado exigente y pido cómo: Bésame –más adverbio- dulcemente. Todos nos imaginamos entonces un beso más largo, menos sonoro, en fin, un beso dulce. Uno no dice Bésame dulce, a menos que como en el chiste de Losher, ella se llame “Durce, con L”… Pues así se dice ahora por allí. Hasta una canción muy vendedora suena en la radio y otros aipods: Bésame espectacular. Así oímos “te felicito, lo resolviste sensacional” o “Guao, ese caso lo llevas increíble”. Éste lo acabo de oír mientras escribo: “Con su emprendimiento le ha ido estupendo”.

Ciertamente existe la adjetivación del adverbio, que amén de expandir  su mencionada prepotencia, no alcanza a los casos mencionados. Para seguir con lo del beso, que me va gustando, adjetivado sería:  Bésame así… y no más.

Mi compadre aconseja, en otros términos más procaces, “Si quiere beso, pida beso, si pide permiso  no le darán beso”; o mejor según Oscar Wilde: ten cuidado con lo que pidas (desees) porque se te puede cumplir… ¿La escena? Se la tengo:

¡Bésame espectacular! Pide un hombre ante el kiosco de venta de besos profondos.

Y el señor del sonido de la feria  de La Chinita llama al micrófono y aparece un sujeto típico cantante de gaita zuliana, con barriga cervecera,  la franela enrollada a la altura del esternón dejando al fresco parte de sus casi 150 kilogramos de humanidad, con los labios gordos y arruchaditos, buscando a quién besar. Era el popular Espectacular Montiel Urdaneta, oriundo de la zona*.

Ver, visualizar y revisar.
Con ver y visualizar sucede lo ya descrito arriba en otros casos. Parece más elegante decir visualizar que ver, que en su sentido más básico es “percibir con los ojos” directo y sencillo. En todas sus acepciones incluidas las metafóricas y casi metafísicas, nunca sustituye el significado de visualizar, ni viceversa. Visualizar tiene dos usos muy específicos, uno que mediante gráficas y otros recursos tangibles permita entender (visualizar) fenómenos de otro carácter, y el que más me interesa, que es el otro, el que habla de formar en la mente una imagen de algo abstracto. Esto pone de bulto la contradicción de que para visualizar habría, casi, que cerrar los ojos, mientras que para ver habría que tenerlos muy abiertos.

Pero entre estas derivaciones arbitrarias, aquí en Venezuela, se sustituye ver por visualizar cuando se quiere decir Revisar. Atentado a tres bandas.
Nos hemos acostumbrados a ser tratados como sospechosos habituales. Si desea entrar a un local comercial no lo podrá hacer si lleva un bolso con usted. La razón es obvia, podría ser un ladrón. La verdad es que la empresa comercial debería tener los recursos para evitar esos hurtos, que ciertamente suceden, sin molestar a la clientela. Entre nosotros el único recurso es un papel malamente escrito a mano y pegado de peor manera, que reza: “Se visualizan los bolsos a la salida”.

En alguna oportunidad a la salida de uno de estos comercios un vigilante me instó a abrir el bolso para “visualizarlo” a lo que, entre irónico y pedante, a sabiendas de que no me escucharía sino como un ruido más del ambiente, le dije:

-Para visualizar el bolso tendría que cerrar los ojitos. Usted quiere que lo abra para ver el interior no para visualizarlo.

A lo que me respondió muy convincentemente:

-No tengo autoridad legal para revisarlo, por eso lo visualizamos.

En fin…

Después del lobby de Batman por la aceptación de Murciégalo de la RAE, la lingüística debería considerar esta particular forma de Derivación sinonímica forzada y extrema del habla cotidiana.


Nicolás Baselice Wierman.
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Caracas, Junio 2016.

viernes, 2 de octubre de 2015

Compartir un compartir

Me pregunto cuál es el acto de alquimia gramatical que permite convertir un sustantivo por un verbo en infinitivo.
Mi nieta, que apenas tiene cinco años, mantiene una agenda que me luce apretadísima para su corta edad: se la pasa entre un compartir y otro.

-¿Cómo que un compartir? ¿Qué es eso? Le pregunto a su madre.
-Bueno, se reúnen en algún sitio y juegan, bailan… en fin, comparten. Aclara ella con la naturalidad equivalente a mi descubrimiento.
-Ah, una fiesta, una reunioncita… o sea que van a compartir un rato. Explico para mí.
-Sí, claro. (Esta vez sonó a “Claro idiota”)

Presumo que la palabra original que dio pie a la expresión “vamos a un compartir” es departir. Solíamos decir: Veámonos para departir un rato. Eso equivalía a vamos a encontrarnos y pasemos un rato conversando. Sería como el clásico “a ver si nos tomamos un café” que es igual a “nos reunimos y compartimos un café mientras departimos”.

Entiendo la lengua como un organismo vivo en plena evolución y crecimiento, pero no puedo dejar de sentir cierto escozor cuando se les va torciendo el cuello a palabras de exacto significado para sustituirlas por otras que suenan de forma parecida. Es el caso de asumir y presumir, por ejemplo.
A mi entender, decir “Vamos a un compartir” es como ir a una lectura dramatizada y anunciar “Voy a un leer”, o participar en un conversatorio y declarar “qué bueno estuvo ese conversar”.
Por lo tanto, no es que el habla popular no pueda generar términos y formas nuevas, sino que por el contrario, ha dado muestras de mantener la lógica del idioma que al final es un código de comunicación, y código sin reglas no es código, es decir, no habría comunicación.

Una expresión tan nuestra como: “muy buena está la conversa, pero me tengo que ir” cambia la palabra conversación por el apócope conversa pero mantiene su condición de sustantivo. Muy bien. Aun el haiga, tan denostado, mantiene la lógica de conjugación, solo que la perversión de nuestras lenguas romances de pronto meten unos verbos inconjugables a primera vista, que estoy seguro de que están allí para los exámenes de alto nivel de personas que las estudian como segunda lengua.

El escritor debería conocer todas las maneras coloquiales del idioma, barbarismos incluidos, porque podrían convertirse en voces de sus personajes. Lo que no debería permitirse es su utilización cotidiana y, mucho menos en ensayos y textos con voz propia. En fin, que debería cuidar su principal herramienta de trabajo y materia prima: el idioma.


De tal manera que sí, nos seguimos entendiendo. 
          La pregunta es 
                          ¿Hasta cuándo?


Nicolás Baselice Wierman.
@nbaselice en twitter
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Octubre de 2015.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Fashion Words

Puedo entender la moda como la renovación cíclica de trapos, peinados, accesorios, aparatos, carros y hasta de formas de caminar. Las dietas, rutinas de gimnasios, inclusive profesiones entran en la rueda de la moda: esa rutina contra lo aburrido de las rutinas.
Que es un truco comercial típicamente capitalista para mover el dinero como consecuencia de la obsolescencia programada no resulta hoy un gran descubrimiento. Pero me llama muchísimo la  atención cómo se ponen de moda algunas palabras y expresiones.

Está nuestro autóctono y exportable chévere de amplio espectro de aplicación y atemporalidad demostrada con su incorporación al diccionario. Mal ejemplo de modas porque ése sí llegó para quedarse. Por cierto cuando se corrió el rumor de la eliminación de la letra CH algunos pensamos que se perdería nuestro aporte tan chévere a la lengua de Cervantes y luego de intensas negociaciones logramos que fuera incorporada en la letra C pero con H intercalada. Un leguleyismo, tal vez, pero le ganamos una a la RAE.


Expresiones como “este año ha hecho calor como nunca” es de las que reciclamos anualmente y sería como decir nuestro clásico de la colección primavera verano (más verano que primavera, claro). También hay que decirlo, el fenómeno del niño (que por cierto está de moda) nos ha alterado el fashion y podríamos estar usando en invierno ese clásico veraniego.

Por estos tiempos, y digo ya largos tiempos, está de moda una palabra que en su excesivo uso parece sacada de armarios tan estrechos que obligan a combinar con todo tipo de sustantivos en una exageración tal que la clásica blusa blanca quedaría pálida… bueno, más pálida.
Estoy hablando del adjetivo ESPECTACULAR. No hay conversación en la que no aparezca la palabra para calificar algo fuera de serie, algo vistoso o que llame la atención especialmente. Normalmente está bien utilizada pero puede oírla en dos minutos de radio pronunciada tres veces por la misma boca contra dos de su interlocutor aunque no estén de acuerdo en lo que hablan. No cuente las veces en esas revistas de variedades matutinas de la tv abierta o de cable, es igual. Todas podrían llamarse “Mañanas Espectaculares”. Pareciera que no existen otros adjetivos útiles para ese fin.

Este rico idioma nuestro mezclado con nuestra forma de ser que nos permite ser hiperbólicos sin parecerlo, ha hecho de fantástico, maravilloso, sensacional, grandioso, buenísimo, palabras en vías de extinción.
Espectacular se utiliza para sabores, recetas de cocina, olores, sensaciones, recuerdos, orgasmos. Sí, escuchaba a una amiga que hablaba de un orgasmo espectacular. A menos que sea el de Meg Ryan, bien fingido, en público y literalmente perteneciente al ámbito del cine y el espectáculo, me pregunto si no sería más propio un adjetivo un poco más íntimo como rico, inolvidable, insuperable, sabroso, desgraciadamente irrepetible…  no sé, digo yo, que no soy ninguna autoridad en este tema que ya ni manejo.

Cuando dicen es-pec-ta-cu-lar, algunas personas lucen como acabando de inventarla, tanto que parecen sus dueños y provoca pedírsela prestada. Posiblemente por eso a algunos les suena como si la usaran a escondidas. Aquellos, los dueños, cogen aire, la sueltan y a la altura de la P explotan los labios que apretaron después de la S en la primera sílaba y al tiempo de una ligera batida de hombros trancan el aire para preparar esa C intercalada que antes de la T pronunciarán con un gesto de corta arcada y ascenso de diafragma, y terminar con una R final bien marcada. Claro, si es que luego del esfuerzo previo hay ánimo para ese vibrato de lengua. Lo sorprendente es que todo esto se hace con una altivez e impostura de voz que a uno no le queda duda… Esa vaina es de ellos.

Pobres, no saben el tesoro de palabras con que cuentan y se conforman con esa única reciclable monedita de un céntimo en el bolsillo.

Pero hay otra, que si bien está de moda, no es de uso desgastante y se está empleando en dos circunstancias en las que la actitud con que se hace es lo que la pone de bulto.
Es la palabra “EXCELENTE”. Una de las circunstancias es cuando se califica una acción, un resultado o un producto. El calificador la dice de manera casi imperativa y la actitud es de un conocedor, o sea, “si te digo que es excelente, es excelente”. Si por ejemplo fuera un vino lo calificado, entonces el sujeto sonará como enólogo.

La otra circunstancia es cuando se responde al saludo: ¿cómo estás? Y entonces muy a la moda se oye un “excelente” en tono de vendedor de productos naturales y de dieta en formato de multinivel con chapa en el pecho y todo. Estos sujetos van por ahí con una sonrisa indeleble como sostenida con pomada de botox y un optimismo tan bien fingido que terminan creyéndoselo cuando se escuchan a sí mismos con voz engolada. Y no se le ocurra darle pie para desarrollar el tema porque entonces acompañará el “Excelente” con un “Mejor sería una inmoralidad”. No sé, pero eso, dicho en Venezuela en esos tiempos, a mí me hace creer que ése está viviendo en negación. El  botox lo tienen en el espíritu. Estos individuos nos quieren hacer creer que es pecado amanecer un día de mal humor.
Por cierto, el lema de la chapa debería decir: Estoy excelente, pregúntame por qué…  si tuviera la respuesta, eso sí sería un negocio.

Nicolás Baselice Wierman.
@nbaselice

Caracas, septiembre 2014

P.S. Saludamos el retorno del portal Código Venezuela a nuestra cotidianidad. ¡Enhorabuena!

sábado, 15 de septiembre de 2012

Tolerante, te amo, pero no sé si te respeto.

Eugenio Montejo (1938 - 2008)

La escena ocurrió hace varios años, durante la presentación de un proyecto de formación literaria. Para subrayar la importancia de la literatura y, por ende, de proyectos como el que nos reunía, el poeta Eugenio Montejo se dirigió a los presentes para advertir (las advertencias de los poetas hay que tomarlas en serio, porque pueden leer el porvenir en los hechos presentes y escuchar las voces de los objetos inanimados) que debíamos estar alertas con los intentos de cambiarnos el significado de las palabras.

Extracto del texto Respeto, no tolerancia de Héctor Torres en el portal Pro Da Vinci


Justamente a partir de esta cita de Eugenio Montejo pensaba en días anteriores que ¿Cuál era el miedo de usar la palabra tolerancia proponiendo otras como respeto? Me parecía otra de esas modas de nuestra lengua cotidiana que es capaz de cambiar ver por visualizar porque suena más “chic”. Es, como dice la querida Milagros Socorro, tener un lenguaje para salir y otro para andar en casa.

La tolerancia supone respeto. De hecho la definición de la Real Academia lo dice así: Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.
En Venezuela vivimos tiempos en que la lengua es tergiversada desde el poder dándole a las palabras nuevos significados y en muchos casos vaciándolas de ellos. Tanto es así que defender la corrección al hablar, en la línea de Montejo, se ha convertido en un acto de resistencia política. Una característica bien particular de este gobierno ha sido el “permitir” (casi) el uso de las palabras con un solo significado, siendo que el castellano, sobre todo el latinoamericano, suele tener varios significados para un mismo término. Pareciera que el Gobierno cuenta con dicionarios del tamaño de la Constitucioncita esa azul que nos enseñan en televisión en cada transmisión conjunta.
Para ejemplo un caso que fue pionero en esas prácticas. Hace ya algunos años la Oficina de Recaudación de Impuestos, aquí llamada SENIAT, determinó que el verbo cancelar ya no significaba el pago de una deuda. Esta acepción aparece en segundo lugar en el DRAE y creo que no cabía en su diccionarito azul por lo que a partir de ese momento y por “Providencia número tal…” las facturas pagadas ya no llevarían la palabra cancelado sino PAGADO en fecha tal y tal... Todo bajo amenaza de multa y otros etcéteras. Es así como fueron desechados todos los sellos de la Nación, de almohadilla o automáticos y sustituidos por los nuevos con la palabra autorizada por el Gobierno.

Serán signos de los tiempos que vivimos, pero pretender que la palabra tolerancia no es suficiente para respetar las ideas del otro, sobre todo, cuando son diferentes a las nuestras, parece una tontería. Argumentar, como he visto, que esa palabra está asociada con sufrimiento, paciencia, permiso y con el consentimiento de hechos ilícitos es desconocer la riqueza de significados de las palabras en nuestro idioma.

¿Que existe la persona que se asume tolerante desde la prepotencia? Es cierto, pero eso no descalifica el término, en todo caso troca a este tolerante en hipócrita y lo desnuda como arrogante y ése ya es otro tema.
En el ámbito de las ideas y las creencias la palabra tolerancia es, a mi parecer, perfecta porque presupone el respeto.





Recuerdo un diálogo entre una persona que sobrevaloraba el verbo amar y su amado. La cosa era más o menos así:

- Pero es que tú no me respetas.
-Claro que te respeto, porque te amo te respeto.
-¿Me estás diciendo que primero me amaste y luego llegó el respeto?
-Claro, ¿acaso no es así como funciona?  Y le agrega con grandilocuencia, El amor lo es todo.
-A ver qué te parece… Te amo profundamente, ahora voy a ver si puedo respetarte pero si no puedo, no importa porque te amo profundamente.

Ironías aparte, hay ideas que no se pueden separar de algunos conceptos.

Nicolás Baselice Wierman.

Caracas, agosto 2012

viernes, 30 de marzo de 2012

¿Neolengua?


¡Feliz fin!...  porfa…  tengo una reu…
¿Se han fijado como hemos ido sintetizando el lenguaje cotidiano?, ¿Han notado que la gente cada vez corta más las oraciones prescindiendo de algunos de sus elementos?
En algún momento, hace ya un buen tiempo, escuché a alguien dar la hora: “cinco pa´ocho”. Todavía me golpea ese modo.

Últimamente al pagar con algún medio electrónico el operador le dice al usuario: “Ingrese clave” sin siquiera un “por favor” amable, pero lo que más me llama la atención es la supresión del artículo, una sílaba, un simple y aglutinador “la”. ¿Que cuál es la razón? Ahorro, flojera, desprecio, superioridad, ignorancia… en fin ¿todas las anteriores?... no lo sé.
Pero si nos damos cuenta estamos rodeados de esa supresión del artículo. Sí, observe con cuidado y notará que forma parte de un argot seudotécnico que hace de cualquier frase una declaración de superioridad profesional, de una distancia del tipo usted allá y yo aquí, en definitiva segregador.

A ver, el odontólogo cuando se dispone a preparar una corona le dice al paciente “primero tallo en mano y luego en boca” sonaría muy poco profesional tallar en la mano o en la boca.
El administrador dice:  “Reviso en libros y te informo vía mail
El ingeniero ensambla en planta, el bioanalista verifica en laboratorio y el médico entra a quirófano.

Los operadores del Metro de Caracas, cuando algún tren se detiene más tiempo de lo normal, nos explican por el sonido interno “Dentro de pocos instantes continuaremos movimiento” no sólo se elimina el artículo sino que la expresión en sí parece dirigida a un grupo de operadores del Metro jubilados en viaje de verano. ¿No sería más ajustado y amable (y sí, menos técnico) decirnos a los mortales transportados: “Dentro de pocos instantes continuaremos el recorrido”?

En 1984, la famosa novela de ficción de George Orwell acerca del totalitarismo, el tema de la lengua es escalofriante. Se diseña un idioma nuevo que en la traducción al español  se llama neolengua, cuyo objetivo es “limitar el alcance del pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente” . En uno de sus diálogos se lee: ¿No sabes que la neolengua es el único idioma del mundo cuyo vocabulario disminuye cada día?

En el caso de 1984 la estrategia era eliminar primero verbos y adjetivos con la mira puesta en cientos de sustantivos. Esa era la ficción. Nosotros en contrario aumentamos absurdamente los verbos (aperturar y accesar) o engordamos textos con el femenino inclusivo "políticamente correcto".  Este es el método de la implosión de la lengua.

Otra manera es vaciar de contenido las palabras por repetición infinita mediante su aplicación a todo tipo de situaciones por absurdas y contradictorias que parezcan. Ejemplos sobran: Paz, democracia, libertad, socialismo y socialista, bolivariano y un largo etcétera. Este es el método del vaciado en frío.

Cuando el poder modelador cambia el significado de las palabras y las cultiva en la ignorancia (iba a decir popular pero no, es más generalizado que eso) por ejemplo pírrico, escuálido, oligarca…  está aplicando el método Torre de Babel, sólo que en este caso hablamos el mismo idioma pero no nos podemos entender.

En Venezuela todos estos métodos están en marcha pero si la manera de hablar sin el artículo se extiende  tendríamos automáticamente una voz imperativa, autoritaria. No es lo mismo bajar la cabeza ante la petición “baje la cabeza” que ante la voz ¡baje cabeza!.
Lo dicho, cuestión de estrategia. El Gran Hermano de la novela de Orwell perseguía el control total de la sociedad y sus ciudadanos a través del lenguaje entre otros elementos. Esta vía de la supresión del artículo es más corta y la ecuación es: el que habla es imperativo, el que escucha obedece y el que obedece al imperativo no piensa.

Si al hablar y escribir recortamos al grado de desnaturalizar lo dicho y por decir, hacemos el camino más fácil a todo surgimiento de experimentos adocenadores  que desdibujan el perfil del individuo soberano para convertirlo en los eternos pueblo y masas a los que, mire usted, los líderes les hablan a gritos en mítines y a través de medios multiplicadores de difusión.


Cuando reclamamos por una oración de sintaxis particular en la que además se incluyen palabras con significados erróneos, y la justificación es: “Bueno, pero tú me entendiste” al aceptarla, porque además es cierto, ya hemos caído en la trampa.

Lo dijo el poeta: El idioma es mi única Patria.

Nicolás Baselice Wierman.
@nbaselice en twitter
Instagram @nbaselice
Marzo 2012.







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