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lunes, 10 de agosto de 2020

Qué será de Careta.


A Maritza,

 Gracias vitales

Y al resto de las niñas, por su orbitar

En la fiesta que era ser niño, teníamos a Careta siempre de carnaval.

Un día se puso un antifaz que se hizo con nieve andina y penumbra muy oscura, casi negra, de la Cueva del Guácharo.

No era mucho. Le alcanzaba apenas para un solo antifaz. Los mayores, bien serios y bienvestidos, le decían: Careta revuélvelos bien. Háztelo gris. Pero Careta, que imaginaba mucho y oía poco, decidió respetar el frío de la nieve y el sueño de los guácharos en su oscuridad y se hizo el antifaz en blanco y negro. Blanco en el ojo derecho y negro en el otro ojo. Y la gente bienvestida le decía como regañando, lo que parece es un disfraz, ¡qué disfraz!

Los niños le dijimos, qué bonito tu antifaz. Y Careta a nosotros sí nos oyó y entonces decidió dejárselo puesto para siempre.

 Por eso la llamamos Careta, la vaca más bonita

Ah, porque Careta era una vaca. Sí, nuestra vaca. Mía y de mis hermanas, pero como era la vaca más bonita, era a la vez, de todos los niños de mi pueblo, y así, Careta hizo de toda nuestra infancia una alegre fiesta de carnaval.

Los adultos bienvestidos la veían pasar y decían como regañando, ahí va la mascota de las niñas. Era muy divertido, no sabían que nosotras éramos las mascotas. Careta nos cuidaba a todas, nos mimaba, nos alimentaba... como mascotas. Careta le pedía a papá Segundo que la ordeñara todos los días para que nos diera su leche, blanquita, fresca, única. Eso pasaba todos los días, si alguna vez estuvo triste nunca lo supimos, su leche siempre tuvo el mejor sabor.

Papá Segundo, decía como regañando, esa gente casi le hace la venia a la Careta cuando pasa, como que creen que también es hija mía. Y es que papá Segundo era autoridad civil de nuestro pueblo. Y claro, nosotras nos reíamos, orgullosísimas de tener  una "hermana mayor".

Cuando íbamos a la escuela Careta nos escoltaba en la retaguardia, siempre detrás del grupo. Adelante, mamá Nieves. Mamá Nieves era la Directora de la escuela. Pero también era la administradora y la maestra, la de todos, pero de todos toditos los niños del pueblo. Papá Segundo decía que en los pueblos pequeños los cargos son muy grandes.

Un día de aquel mundo sin televisión, sin aparatos, con electricidad en algunas partes y por horas, mamá Nieves, que era los ojos del futuro, quizo avanzar y que tuviéramos una nevera. Agua fría, leche fría, podremos hacer heladitos, decía mamá Nieves... pero eran muy caras. El precio de esa nevera era Careta. Era un intercambio, dijo Mamá Nieves. Usó, y aprendí, la palabra trueque.

Pidió la opinión de todas, pidió el voto de todas y así... perdimos a Careta.

Todo fue muy democrático. Yo lo comprendía porque Careta nos hizo práctica la democracia dándonos a todas igual derecho a su cariño, su compañía y, sobre todo, su leche.

Además de política, con este trueque, Careta nos enseñó un básico de Economía que la poesía recoge, la diferencia entre el valor y el precio. Cuando sumábamos nos decían: no mezclen peras con manzanas, pero lo hicimos. Confundimos el valor de Careta con el precio de una nevera y creo que perdimos.

Desde entonces sufro de una primitiva aversión por la tecnología y el trueque.

Ahora, ya grande, cada vez que rechazo alguna expresión de nueva tecnología o alguna arcaica propuesta de volver al trueque, me pregunto ¿Y qué habrá sido de Careta?

Me gusta imaginar que Careta descubrió, por noticia-chisme del alcaraván, que era prima de Mariposa, la de Simón, y que sería tía del terné bien bonito que Mariposa estaba por parir. Y que aún viven y se ven de vez en cuando en alguna parte del ancho de esta tierra, que va del blanco occidental de los picos andinos al negro oriental y profundo de las Cuevas de Guácharo...

Como el antifaz de Careta.


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EPÍLOGO.

domingo, 19 de julio de 2020

El desengaño amoroso de los glaciares andinos.

A Nicole,                                 
Prueba de que el futuro está aquí.



De niño, urbano como fui, me parecía muy especial el que un país, el mío, sin tener muy claro lo que eso significara, tuviera todo lo que uno veía en la tele, esa novedad que nos traía toda la monocromía del mundo al hogar. infinitos que se movían entre Macuto y Los Caracas allende Naiguatá.

Películas de selvas   -así es Guayana-  decían en casa, de desiertos   -Mira, como los Médanos de Coro- escuchaba, o aquellos documentales de alpinistas, (como le decíamos hasta hace muy poco  a todo el que escalaba montañas) acotados por un “Nevados como en Mérida”. Pensaba que lo teníamos todo aquí adentro. Yo aún no lo había visto pero me bastaba con los testimonios de quienes me rodeaban. Sólo para las historias de piratas tenía una referencia tangible: mis inmensos mares

Poco a poco fui conociendo esas humedades, calores y fríos de los climas que nos guardaban los paisajes nuestros. Conocí los calores desérticos y las arenas de Falcón y así, los Médanos de Coro. Recuerdo una conversación con una señora ya de edad avanzada que nos hablaba de los médanos, en el zaguán de su casa, típica colonial del sitio, en términos humanizados.
-Hoy amanecieron alborotados – decía la señora refiriéndose a las arenas.
- Se comieron la vía y están ahí echa'os. -Y concluía- Ahora habrá  que llevar la máquina a que los empujen.
Los trataba como si fueran gente, como muchachos traviesos que así como cortaban la carretera podían mover o desaparecer un montículo, que si servía de referencia orientadora a los nuevos visitantes, lo efímero provocaba que se extraviaran. Así se llevaban ese recuerdo a manera de souvenir de la travesura de “los muchachos”.


De todos esos climas y sus naturalezas era, para mí, la nieve y el frío lo menos natural y por ello insólito. Que el agua de mares y ríos se moviera y se regara, al final era agua, era obvio. El calor de desierto bajo el sol era obra lógica de ese sol. Pero las cumbres nevadas donde el agua ya no era líquida sino que se hacía sólida. Donde a pleno sol las temperaturas dejaban los ceros altos, era demasiada magia absurda.

En la escuela me explicaron las imágenes de la tele con una leyenda que confirmaba mi sospecha: ese  frío era un sortilegio. Escuché allí, por primera vez, la leyenda de Las Cinco Águilas Blancas, recopilada de la tradición oral de los Mirripuyes y que hablaba específicamente de nuestras cumbres nevadas de Mérida.

La leyenda decía más o menos que Caribay, hija del Sol Zuhe y la Luna Chía, vio volar cinco águilas blancas y quiso adornarse con sus plumas. Las siguió tras el rastro de sus sombras por valles y montañas. Desde esas alturas logró verlas posarse en un risco.
Aprovechó su quietud y fue hacia ellas pero no pudo hacerse de sus deseadas plumas. Las águilas estaban congeladas, eran cinco enormes masas de hielo. Caribay, aterrorizada, huyó. A poco, su madre Chía, se oscureció y las cinco águilas despertaron. Enfurecidas, sacudieron sus alas y la montaña toda se cubrió con el plumaje deseado.

Formó parte de mis fantasías por algún tiempo hasta que me encontré con ese paisaje. Descubrí, como en Coro, que la gente establece relaciones entrañables con su entorno y especialmente con los fenómenos y formaciones naturales particulares de sus regiones y de hecho parte de su tránsito vital termina siendo orientado por ese entorno natural. Creo que una forma de propiciar esa fraternidad es asignándole un alma. Convertidos en seres animados hace natural el tutearse con ellos. Esa leyenda de las Cinco Águilas es una muestra de eso.

El recopilador de la leyenda fue Tulio Febres Cordero un merideño que se me hace un soñador pragmático, poliédrico dirían ahora, cuya vida giró en torno a su ciudad y desde muchos ángulos, de las letras a la ciencia. En mis visitas a la zona, ya por trabajo, ya por placer, las conversaciones acerca de los picos nevados se desarrollaban en pronombres de nosotros, vosotros, ellos que equiparaba cualquiera de los glaciares con un humano más.

En alguna oportunidad escuché decir que los glaciares “Tienen masas de hielo suficientes para prepararle sorbetes al mundo entero por centenares de años”. Los presentan como quienes comparten sus golosinas, sus meriendas, lo que nos habla de esa humanización.



Pero esto va más allá de sólo un decir. La verdad es que esos sorbetes se hicieron realidad y bajaron a la ciudad. A comienzos de los años ochenta Manuel Da Silva decide abrir una heladería, Coromoto la llamó. Aunque él confiesa que al retirarse de la fábrica de helados en la que trabajaba, decidió comercializar sus propios helados, yo creo que más bien decidió por la poesía.
Conocí a Don Manolo, como le llaman todos, en su heladería, modesta como la mayoría de los sitios en Mérida para esa época. Nos contó que llegó de Portugal  (tierra de nobel de literatura y grandes poetas) a Mérida, la que adoptó como su ciudad. Se deslumbró con la nieve de los glaciares, se impresionó con los colores de su agricultura y los sabores de la cría y la pesca del sitio y de allí obtuvo la materia prima para su obra: helados, en plural. Tan en plural que más de treinta años después, se conoce como "Heladería Coromoto, la de los mil sabores" la verdad es que eran algo más de 850 y por ello dos veces Record Guinness.

Me parece una hermosísima actividad íntimamente relacionada con su región que la identifica y lo identifica, además de entregar a locales y visitantes miles de pequeños glaciares de colores y sabores con los que, a lo mejor sin quererlo, hizo honor a esas cumbres nevadas que coronaban su mundo adoptado.

Es interesante conocer en sitio, para mejor comprenderlo, la íntima relación de los habitantes con su entorno. Por ejemplo cuando nos contaban de antepasados que mantuvieron una relación bien particular con sus glaciares que fueron proveedores…  de frío a domicilio.
Los hieleros eran intermediarios entre las nieves y los hogares. Trasladaban kilos, unos veinte por persona, que con logística rendidora de dos medios viajes con la mitad de la carga y un medio viaje con toda la carga, llevaban la encomienda de la montaña proveedora al pueblo que lo agradecía.
Los hieleros atendieron las encomiendas de los picos nevados para los lugareños hasta que hubo la primera planta productora de hielo y las primeras neveras. El frío domesticado. Me gustó ver la heladería de Don manolo como una herencia de los antiguos Hieleros.

Hace unos meses me topé con un trabajo editorial que hablaba de la desaparición acelerada de los glaciares. Esas formaciones que me fueron tan atractivas desde niño. Que de tan natural presencia y (ahora) cercanía dimos por dada, resulta que es una “especie en extinción”
Nicole: el futuro 









La visita reciente de dos generaciones de mi descendencia al páramo andino y el intercambio de lluvia de imágenes, que a la velocidad de hoy, produce un minuto a minuto de la visita desde la distancia, me confrontó con lo efímero de la vida (Otro concepto de la misma escuela que me contó lo de las Cinco Águilas).
Mientras yo de niño fantaseaba con imágenes nevadas en blanco y negro, esos glaciares o esas Cinco Águilas, si lo prefieren, invitaron, bienvinieron y alojaron a visitantes que, más allá de lo contemplativo, interactuaron deportivamente, hombre-natura, en actividades tan extremas como el descenso en esquí sobre nieve.
Hasta los años sesenta  sólo había cinco pistas de esquí consideradas como las más altas del mundo y una de ellas estaba en nuestra Sierra Nevada de Mérida. Era el Pico Espejo. Ciertamente no es una de las cinco Águilas Blancas, pero eso sería solo un detalle porque desde él podía verse la continuidad nívea  de las cinco aves legendarias.

Año 1956 - Fotografía cortesía de Venezuela Inmortal





A un lado, los Picos Bolívar, La Concha y, como uno, el Humboldt y el Bonpland, compartiendo una misma estructura. Al otro, los picos El Toro y El León.

Parece mentira  hoy a tan relativamente pocos años estemos presenciando la desaparición de esos glaciares al extremo de ser testigos de la agonía del último de ellos.
Otra evidencia de cómo el entorno puede inspirar la vida de sus habitantes es el que quizás fue el último testigo del proceso de deshielo de nuestros glaciares andinos. Se llamaba Francisco. Era otro enamorado de esas nieves. Les escribió canciones, poemas, contrapunteos y hasta chistes. A falta de fotografías, narraba imágenes que podían hacer sentir a quienes  bien escucháramos,  la nostalgia de un pasado que no habíamos vivido.

Ya el “creador de leyendas” como se le conoció a Tulio Febres Cordero, al tiempo de publicar “Las Cinco Águilas Blancas” escribía esto:

“(…) el deshielo es evidente. De ello no se da cuenta la nueva generación sino a medias; pero los que contemplamos los bellos nevados hace más de cincuenta años, vemos con tristeza que la gran maravilla de Mérida, su diadema de perpetuas nieves, va desapareciendo de un modo sensible.” 

Un hombre producto de la magia de los glaciares, me parece. Era años veinte del siglo pasado y esa suerte de predicción, para decirlo en términos de hoy, no llegó a ser trending topic.

          ................

Pues sí, el tiempo pasa. Desde mis fantasías infantiles con las cumbres heladas hasta hoy ya no hay pista para descenso en esquí, Francisco falleció hace unos meses en 2018. La heladería Coromoto vivió sus propias glaciaciones y cerró dos veces por escases de insumos y una tercera por duelo. Don Manuel también nos dejó. Y la leyenda de las Águilas Blancas perderá sentido al explicar algo que no existe.
Dicho en una sola oración: Hoy los glaciares andinos son una nostalgia, ya no más una esperanza.
Y vuelvo a fantasear aquí sentado ante este teclado, ya en clave nostálgica.
Sumo los años de contemporaneidad amorosa y registro acucioso de los glaciares de Tulio Febres Cordero y Francisco Castillo, también los más de sesenta de Don Manuel Da Silva entre nosotros y los proyecto en el  tiempo unos doscientos años hacia adelante. Gracias a la física cuántica pliego el tiempo y perforo. Así  traigo del futuro una minicrónica encontrada en el cofre de los libros perdidos al final de ese túnel de gusano o madriguera de conejo (para citar un clásico). Aunque creo que faltan algunas páginas miren lo que dice:

"En una cápsula que se desplaza en este sistema ya multicentenario de ascenso a la montaña y que, no obstante los avances tecnológicos y los cambios de diseño, seguimos llamando teleférico, nos hacen  un turisteo contemplativo a distancias de tiempo y de espacio.
Nuestra guía, con el acento del hablar de la zona, marcado por esa eterna amabilidad idiosincrática, nos decía:

-¿Ven aquellas elevaciones? Sí, esos seis picos que a ratos parecen cinco. Pues cuenta la historia que fueron llamados los de las nieves perpetuas. Vistos así, tan verdes o tan ocres, según la temporada, pareciera que estuviéramos hablando de nuestra Atlántida local. Para mí eso es toda una leyenda urbana -Remataba con aires de que era una ocurrencia del momento.

-Ante la leyenda prefiero el mito de las Cinco Águilas Blancas -Dijo la muy joven guía de muy colorados pómulos.
Y continuó:
-Dice el mito que estas cinco águilas, eran muy pero que muy blancas, tanto que solo podían verse contra cielos despejados de ese azul que no sé por qué los padres de mis abuelos llamaban decembrino; mientras que contra cielos nublados solo sus ojos eran perceptibles. Redondos, negros, brillantes. Las águilas eran enormes, eran hermosas, y en su vejez, cargadas de belleza, de valores ancestrales y del poder del frío, se posaron en esas cumbres con la esperanza de eternizarse en ellas y esa ilusión se cumplió.


Blanquearon las cimas, bajaron sus temperaturas, variaron su vegetación, revalorizaron el oxígeno. Y así pasó el tiempo y se hicieron tiempo, hasta que el amor, también con alas, ya no de águila, pero muy amplias, se hizo presente y volando en círculos supo de aquella ilusión de las veneradas águilas blancas.

Entonces el Amor ascendió en espiral y desde un centro cenital, asumiéndose como el único eterno y erudito, en tono arrogante sentenció:


"Toda eternidad, como el amor eterno, es eterna mientras dura"...

                                Y las nieves se derritieron.




Nota:
Este texto fue producido para el taller de Crónica de la Fundación Biggot
en el primer semestre del año 2019 y rescatado ahora en julio de 2020
a propósito de una generosa nevada, cada vez menos comunes
y muy noticiosas, en las  montañas merideñas a las que alude su contenido.

Nicolás Baselice Wierman.
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Julio 2020.

miércoles, 22 de abril de 2020

Lalo, el hielo y Europa. In Memoriam





"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo..."

García Márquez, Cien años de soledad.

Este párrafo tan conocido siempre me recuerda a mi compadre.

Eladio era estudiante de la facultad de Ciencias, Química para ser exactos. Yo de la Escuela de Arquitectura y vecino de los laboratorios. Coincidimos una tarde en los pasillos de la UCV y me invitó a conocer el suyo, "su laboratorio". Él no lo sabía, pero siempre me han maravillado esos sitios.

Luego de un pequeño tour, una demostración:

Tomó una manguerilla de goma flexible, la introdujo con cierta precaución en un bote de aluminio humeante, como si contuviera hielo seco. Inmediatamente la sacó y la golpeó contra el mesón de trabajo y la manguerilla se quebró en pedacitos... se había cristalizado en un segundo... magia pura. Era nitrógeno líquido. 

Me explicó entonces que los gases se licúan a bajísima temperatura y ese frío extremo había cristalizado la goma en cuestión. Fascinante.

Muchos años después, nos recibió en su casa en Pushheim, Alemania, un pueblo a 20km de Múnich donde Eladio hacia un postgrado en año sabático.
Lalo y yo ya éramos familia, su mujer y la mía, Tere y Maritza son hermanas y mi hijo menor su ahijado. Allá estuvimos durante un mes. Era verano y rodamos por varios pueblos de varios países, por tierra, alternándonos el volante.

Cómo dije, ya éramos familia dentro de otra más grande y sumábamos catorce. Tres generaciones bajo un mismo techo. Fue nuestro hermano mayor, padre sustituto de mis hijos, nuestro catedrático doméstico, y nos hicimos grandes todos juntos y digo grandes como en el sur, porque viejos, solo algunos de nosotros.

Conocí su laboratorio en Múnich, me hizo el tour (yo en un laboratorio alemán. Disney world pues) y de nuevo...

La cristalización de la goma flexible.

-Lalo <le dije> tantos años y tantos kilómetros y me vienes con el mismo acto de magia del nitrógeno... y reímos.

Pues resulta que Hollywood lo descubrió después y utilizó el nitrógeno líquido para destruir todo tipo de enemigos implacables como en Terminator. No me sorprendieron. Para mí, el truco ya era un clásico y mi compadre Eladio un visionario.

Lalo me enseñó "el hielo" y, a la inversa de Colón en su tercer viaje, me llevó a descubrir Europa en el primero de los míos.

Este lunes, Lalo partió con la mayoría, al decir de Sabater. Lo hizo en silencio con la discreción que fue su marca. Era temprana la noche, seguramente fresca, como suelen ser en ese cerro donde, desde muy joven, decidió pasar la vida con su inseparable ElmeTere.
      

Al vacío por tu partida antepongo la certeza de que viviste la vida que quisiste, la que desde muy temprano diseñaste con Tere. Con altas y bajas, claro, es la vida. Pero también con hijos brillantes, nietos hermosos, cariños, vinos, buen café y mucho de reír... soy testigo.

Hablando de la muerte decías a Tere:

"yo primero y de un solo golpe"

y así fue.
Qué más se le puede pedir a la vida.

Compadre, auf wiedersehen .



Nicolás Baselice Wierman.
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Abril 2020.

martes, 19 de marzo de 2019

Chacaíto - Buenos Aires


Mismo andén, diferentes puertas. Coincidieron en un vagón del subterráneo. Sucedía usualmente aunque con poca frecuencia para el gusto de él. Ella, como siempre, con cara de agradada por la sorpresa a juzgar por su sonrisa perfecta y en contrapicado con la que invadía, inexorablemente, de abajo hacia arriba.

Era jueves pero la “sensación térmica” era de martes en virtud de un absurdo decreto de feriado que hizo del miércoles anterior un “como lunes”. Él no se sentaba nunca mientras viajaba, era su forma de conservar su cortesía aprendida para con las damas. Ahora ese gesto podría ofender. Eran tiempos de feminazzismo. Ella viajaba sentada siempre que hubiera oportunidad. Así que iban, él de pie, ella sentada y hablaban como en una cápsula en medio de aquel ruido natural del ambiente cerrado. Realmente se leían los labios.

Desde que se conocieron, ya casi veinte años, sintieron una conexión de la que nunca hablaron. De lo que sí hablaron era de política, de lo paranormal, de sus planes, algunas frustraciones, así como de alegrías y orgullos. Allí en el orgullo aparecían los hijos y entre los hijos las consentidas, esas mujercitas maravillosas que adornan nuestras vidas y llenan de historia nuestros futuros. Él llamaba a la suya de una manera muy cursi, - al decir de los envidiosos – solía decir. Ella llamaba a la suya con una cacofonía que tartamudeaba una sílaba de su nombre.

En veinte años eran muchos los episodios intercambiados acerca de ellas. Ambos sentían (imaginaban) que habían visto crecer a la del otro. Él asociaba su primer deseo de tener una hija con cierto suceso en el subterráneo, el mismo en el que viajaba ese día. Coincidía en eso con ella que alguna vez le comentó que había descubierto su embarazo al abrir el sobre que lo certificaba durante un viaje en ese tren. Bromeaban, él le decía, allí me embaracé. Ella le respondía, así supe que te preñé.
En veinte años, no solo los muchachos crecen, las sociedades evolucionan o involucionan. Así llegaron los tiempos de la emigración y ahora, como ese día, hablaban de las distancias. Ahora se leían los labios pero también los ojos. El dolor por la circunstancia y el pudor por la lágrima pública impedía los detalles de esas distancias obligadas. Ambas estaban en el sur hacía casi el mismo tiempo, les iba bien… hasta allí los detalles. Era el límite del llanto.

Al filo de las 17 horas de ese jueves “casi martes”, el vagón se fue a negro. Un extraño silencio ronco que murmuraba en baja frecuencia los rodeó y así mismo, una sensación corpórea que nunca supieron si fue mental o física, pero que los hizo sentir como ingrávidos aunque sin despegarse del piso él, ni de su asiento ella.
No sabrían decir si fue de inmediato o no, pero a la vuelta de las luces ya habían recobrado la sensación 
                                                             de la gravedad que da tanta seguridad.
El sonido interno anunció “Estación Chacaíto” con un
extraño acento sureño. Era su destino, salieron con cierto desconcierto pero a prisa. Se cerraron las puertas y se encontraron en un andén solitario –El salto de energía- pensaron.
Pasaron los torniquetes pero tuvieron que salir por una puerta que bien podría ser de emergencia –El salto de energía- reiteraron…

Atravesaron esa puerta y encontraron muchas mesas, muchas personas comían cosas ligeras. Se miraron con desasosiego. No entendían nada.

Su mayor sorpresa: Allí estaba la niña del apelativo cursi y la niña de la sílaba tartamudeada, con los brazos extendidos, la felicidad en el rostro y los labios listos para derramar besos…  era una sola, era la misma, era de ambos, eran sus padres y estaban en Buenos Aires…

Era el día del gran apagón de Caracas en marzo de 2019. Un salto en la Matrix.

Y decidieron no regresar nunca más.

Nicolás Baselice Wierman.
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Marzo 2019.








Este cuento se disparó al ver la fotografía de este local de comida rápida en Buenos Aires junto a un comentario que rezaba:  ¿Si me monto en Sabana Grande puedo salir allí?

lunes, 28 de enero de 2019

Un amor eterno.

Él cortaba. Ella cosía. Ya eran complementarios. Pero tuvieron que pasar otras cosas para que se encontraran.
Me gusta pensar que el estallido de la segunda guerra mundial impidió al padre de él, zarpar a su Italia natal, con su esposa de la tribu Guanire del oriente venezolano y sus diez muchachos de los que, él, Héctor, era el menor.
Interrumpido el itinerario Anzoátegui, Caracas, La Guaira, Italia, la vuelta atrás no era una opción. Esperaban que el conflicto fuera temporal. Pero no, se hizo tiempo y se hizo historia.
Así, esperaron en Caracas... y fue para siempre.
Desde siempre y en Caracas estaba ella. De familia muy caraqueña y ascendencia alemana un tanto lejana.

Lo dicho, ella cosía y él, hijo de sastre, cortaba. Hechos el uno para el otro. Con intereses comunes, jóvenes y bellos, como obliga la edad, se conocieron en la sastrería donde prestaban sus artes. Él en planta. Ella, itinerante, entregaba allí sus labores.
Él supo su nombre y fantaseaba, en plan seductor:

-Oí que te llamas Luisa
- Así es. Luisa Teresa -respondía-
- Me gusta mucho. Es un nombre con carácter, con personalidad. Habla muy bien de quien lo     lleve. Lo digo por  el "Luisa".
- No le veo nada de especial. Es solo un nombre.
- Que te lo digo yo que lo sé por experiencia -ripostó-
- ¿Y tú quién eres?
- Encantado de conocerte Luisa. Soy tu versión varón, mi nombre es Luis... Héctor Luis.
   Y se sintió como unos años después lo harían todos los James Bond al presentarse. 
Todo un pionero pues.














Él solía contar que al verla por primera vez dijo, "Es con ella que me voy a casar". Ella aún no lo sabía. De haberlo sabido le habría dicho: "Sí, frase hecha. Ayer la escuché en el cine". Porque así era ella, rápida de respuestas y referencias.

Pero no fue ficción de cine. De hecho parece que una de las respuestas rápidas de ella fue " Si, acepto".
Y en tiempos de guerra, siempre la guerra. Si la segunda mundial los había juntado dos veces: a su inicio en la ciudad y a su término en la sastrería, otra, la Árabe-Israelí, coincidía con su cita en el altar. Se casaron en 1948 y seguramente, como siempre pasa, allí se juraron amor "hasta que la muerte nos separe".


 Los conocí unos años después. Recuerdo que fue en 1952. Aunque habíamos coincidido en los carnavales de ese año, fue en noviembre cuando caímos en cuenta real de nuestra coincidencia. Para esa fecha ya tenían su primer hijo de cuatro. Era una bebita de poco más de un año.

Su vida no era cómoda. La economía no generaba mayores solvencias. Pero se amaban a no dudarlo. Reían juntos, conversaban de política y se complementaban en las tareas del hogar. La salud de Luisa no fue solidaria con esa particular felicidad. Desde el primer alumbramiento su vida no fue la misma. Dependía de medicamentos constantes pero nunca perdió su buen humor ni su agilidad mental que volcaba en el trabajo escolar diario de sus hijos.

Héctor asumía la cocina como un deber y dejaba todo preparado para aliviar las cargas de la cotidianidad a Luisa. Salía en las mañanas a su sastrería, regresaba en la noche, los sábados iba al mercado y pasaban juntos el fin de semana, casi siempre solos. Se desentendían de los muchachitos dejándolos con su abuela y su tía... y ellas encantadas.
Se quisieron con inteligencia dándose la oportunidad de amarse.
Cinco meses después de tener su cuarto hijo, una niña, la salud traicionó de súbito su cuerpo y ahora sin piedad. La muerte hizo que Luisa cumpliera aquel juramento en el altar. Tenía apenas 35 años.

Acompañé a Héctor en ese trance y puedo dar fe de que la única vez en mi vida que lo vi con lágrimas en los ojos, fue al pie de la tumba de su mujer.
Construyó una metáfora sencilla pero contundente para describir su vida a partir de su vacío sin dar mayores detalles: "Todo pasó del color al blanco y negro"
La precariedad económica fue una constante en su vida. No obstante, se mantuvo siempre al lado de sus hijos.
Su otra constante fue la fidelidad del amor por Luisa.
Como buen ateo que era, y muy molesto con ese Dios que, según todos decían, "había llamado a Luisa  a su reino" rompió su juramento y para ponerse por encima de Él, entonces le juró su amor, ahora, "Aunque la muerte nos separe".

La sobrevivió casi sesenta años. Jamás llenó ese espacio con ningún otro amor. Ni siquiera físicamente. Vivió para sus hijos, su oficio de sastre, su cocina, sus amigos y cada vez que podía, en una franja de arena entre mar y río que le daba tanto sosiego que estoy seguro de que secretamente lo hacía creer en Dios. Allí quedaron sus cenizas.

La sobrevivió todos esos años para honrar su juramento de amor por encima de la muerte. Un amor que, a mis casi setenta años, es el más eterno que he conocido.

Lo sé, porque Héctor y Luisa fueron mis padres y yo su segundo hijo.




Nicolás Baselice Wierman.
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Enero 2019.

martes, 11 de diciembre de 2018

De la bitácora de tu nombre


…Tú piensas en palabras, para ti el lenguaje es un hilo inagotable que tejes como si la vida se hiciera al contarla. (…) Cada vez que pienso en ti, así te veo, así nos veo, detenidos para siempre en ese lienzo, invulnerables al deterioro de la mala memoria. Puedo recrearme largamente en esa escena, hasta que siento que entro en el espacio del cuadro y ya no soy el que observa, sino el hombre que yace junto a esa mujer. Entonces se rompe la simétrica quietud de la pintura y escucho nuestras voces muy cercanas.
                   -Cuéntame un cuento - te digo.
                   -¿Cómo lo quieres?
                   -Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie.

(Isabel Allende – Cuentos de Eva Luna)


Hoy que sé que puedes oírme te traigo ese cuento que nunca le conté a nadie.

De la bitácora de tu nombre.


Dormir a tu lado con tu cabello regado en la cama es uno de mis sueños-recuerdos recurrentes de ti. Pero en vigilia y en verano había que recogerlo en virtud del calor.
Era verano, era de tarde y tu cabello recogido allá arriba, aunque era con un lápiz, me gusta imaginarlo con un hashi, ese palillo japonés para comer, como el que tengo ahora en la mano, de buena madera y fino acabado en barniz. 

El contraste de tus ondas, legítimamente rubias , auténticamente rebeldes contenidas por esa pequeña varilla de madera, me hizo acercarme con cuidado para constatar de cerca el aroma del huracán de tu cabello que traía conmigo desde la noche anterior. Te sorprendí, volteaste de pronto y casi enganchas mi ojo con tu hashi…

La reacción de sorpresa, risa y advertencia amorosa mas no romántica fue:

“Después del ojo afuera, no hay Santa Lucía que valga”

Ahora entiendo porqué desechaste ese nombre…

por inútil.

Nicolás Baselice Wierman.
Diciembre 2018.

lunes, 26 de marzo de 2018

La tentación del exilio


No era pobre, es decir, no era objeto de estadísticas que lo hicieran merecedor de la atención y el cariño del régimen de Gobierno. Vivía con modestia y dignidad. Tampoco era rico como dictaría el maniqueísmo de la literatura de folletín. Estaba ubicado en el mero pasillo de la invisibilidad pero lo angustiaba la torpe ejecutoria de la camarilla gobernante.
La esperanza de cambiarlo todo en aquel referéndum de un plumazo fue lo que lo terminó de arrinconar. Tenía la certeza de que era el momento y compró, muy barata, la especie de que había sido robado el triunfo con fraude.

Pensar en irse afuera no era una opción, y no era arraigo, es que en ese momento la franquicia de exportación del experimento político nacional hacía ver aquello, más allá de la frontera, como la utopía hecha realidad, y si algo no quería, era ser víctima de la política exterior de su país. Sería el colmo, decía. Aunque era una broma sonaba bien. La verdad era que entre sus limitadísimos recursos de jubilado y el secuestro económico que suponía el experimento político, esa no era una posibilidad.
Era creyente decía, pero no de religiones. Creyó que la política se podía hacer sin políticos, conoció así la palabra outsider, los apoyó para más tarde o muy tarde descubrir que eran embrión de caudillos. En ese camino acuñó la frase: Las ideologías con nombre de gente viva son la maldición de los pueblos. Desde aquí, creyó ahora en las fuerzas que se oponían que con argumentos no solo hilados sino con mucha difusión lo convencieron de que la capital era el país y su barrio la vanguardia renovadora. Pero perdió y la depresión lo invitaba a taparse los oídos como los niños, vivir hacia adentro y aunque ya sabía que no era verdad repetía como un mantra: Me importa un carajo lo que hagan, si no trabajo no como.

Quiso entonces vivir una vida hacia su interior, espiritual la llamaban en la época. No encontraba cómo. Nunca tuvo mayor afición por la música, no sabía qué cosa era comprar discos. La lectura siempre le dio sueño y, aunque hubo libros, nunca hubo lecturas. El cine, eso sí, pero era caro y la verdad no había un círculo en el que se pudiera comentar ese género o al menos él no lo conocía.

Esta semana se cumple un año más del fallecimiento del abuelo y conocer ese país que mamá les ha contado tanto será divertido. Además, ella estará muy feliz de ver de nuevo esa ciudad donde creció y que hoy está irreconocible.
Les juro que se van a divertir. Conocer el país del abuelo o, al menos, su ciudad y su barrio será interesante hasta para mí que nunca lo vi sino a través de los ojos de mamá...

Sí claro, verán muchas personas mayores, viejitos y viejitas. Seguramente fastidiosos, pero les aseguro que estarán encantados de verlos y eso siempre es grato…

…¿Vamos a por las maletas?


Nicolás Baselice Wierman.
@nbaselice en twitter
Instagram @nbaselice
Caracas, enero 2014
Publicado en marzo 2018.

martes, 22 de enero de 2013

Nicole Isabella


Aún era joven el año 2009. Pocos meses antes habíamos despedido a papá dejando ir sus cenizas en un riachuelo que desemboca en la costa de Chichiriviche en Vargas donde él, desde su ateísmo, presumía que estaba la tierra prometida, cuando una noche inesperadamente recibí una llamada del menor de mis hijos con el saludo “estamos embarazados”.

Todavía hoy me jacto de haberme enterado primero que su madre. Jactancia tonta en el entendido de que la primera llamada fue a ella sólo que la comunicación no fue posible.
La voz de mi hijo sonaba, indiscutiblemente, emocionada pero si me tocara afinar la calificación, aún hoy no sabría decir si era una emoción por susto, alegría o contrariedad. Estrenándome en esas lides del abuelismo hice mi mejor esfuerzo con un discurso, que la verdad sea dicha, no había ensayado jamás. Al final de la conversación noté que la emoción original de mi hijo había tomado un cauce más sosegado y me di por satisfecho.


Esa noche me sentí un poco más papá. Creí haberle sido útil en la asimilación de su nueva condición y responsabilidad. Pero tengo que ser franco, no me sentía abuelo. Para ello no sólo habría que tener un nieto sino además relacionarse con él. Nunca he creído en la fraternidad automática ni posible que se pueda querer a una persona con la que no se mantiene relación y allí incluyo hermanos, hijos y, con más razón, a los nietos.

Llegaba el día del alumbramiento y como iba a suceder en un sitio geográficamente distante de donde vive la mayoría de la familia, hubo una logística de desplazamiento con días de antelación y mucho ruido. Si mi familia estuviera a cargo del Alto Gobierno el país hubiera quedado totalmente paralizado durante ese tiempo. 
                                        Todos estuvieron fuera de sus casas por casi dos semanas.

Particularmente planifiqué mi viaje de manera muy individual, a mi aire. Sin anticipaciones hiperbólicas. Pensaba en mis amigos contemporáneos que ya se habían convertido en abuelos para no hablar de algunos mayores que eran hasta bisabuelos. No me imaginaba regresar a Caracas a competir con ellos en las exageraciones de que el nieto a las dos horas de nacido atendía por su nombre, que se reía cuando le decía cosas, que es inteligentísimo, que casi saca cuentas y otros chochismos. Muchacho recién nacido raramente es bonito y que ya de inmediato se parezca a alguien, ese alguien no sería muy agraciado. Pero esas cosas son las que se oyen en las maternidades.

Sentía una necesidad imperiosa de estar presente en ese momento pero en mi condición de padre del padre y así lo hice saber. Sí, quería estar con mi muchacho allí, abrazarlo en el momento que él lo requiriera y llorar en su hombro en el momento en que yo lo necesitase. No me sentía abuelo, pero ver a mi hijo hacerse padre me llenaba de una emoción que era de estreno.

Y llegó el momento, nació Nicole Isabella. En el pasillo coincidimos los dos padres y tal como estaba previsto él necesitaba un abrazo y yo necesitaba llorar por lo que terminamos abrazados y llorados por varios minutos. Era el pico de la emoción, la explosión de la ansiedad, la certidumbre del milagro. Fue lindo, toda la familia por ambos lados, muy escandalosas por cierto, convirtieron aquellos pasillos en el émulo de una celebración de año nuevo, tanto así que seguridad de la clínica pidió orden y la bulla se trasladó compacta a la habitación a donde la parturienta, afortunadamente, aún no había llegado.

Me mantuve de bajo perfil y un tanto apartado en la sala de espera, en realidad, tratando de poner en orden las emociones, cosa difícil porque al ser muchas de ellas desconocidas ni el orden alfabético era posible.

La nueva madre fue llevada a la habitación lo que no hizo que la bulla importada de todo el país aminorara. Al cabo de una hora, posiblemente, mi hijo me buscó y me dijo que habían traido a la niña, que pasara a verla y así lo hice. Al acercarme a la cuna sentí que todo se hacía silencio, ella, estoy seguro, percibía lo mismo. Sólo eso podría explicar su placidez dentro de tantos hablares de diferentes acentos e intensidades. Cero sonido, todo color, los blancos que la envolvían y el rosado de su piel, de un tono que en ese momento podría jurar que nunca había visto y acto seguido me incliné a gradecer a su madre por el prodigio de esa vida diciéndole “es de un rosado que habrá que agregarlo a la paleta porque no existe”


No fue una frase hecha. No me reconocía diciendo aquello. Era una percepción que consideré real. Es así como el corazón le tuerce el brazo a uno. Y era que nos habíamos convertido en los dos extremos de la saga. Yo el más viejo… ella la más joven.

De tal manera que unos días después regresé a Caracas con el deseo de que todos me preguntaran que qué tal, que cómo estuvo todo, que cómo es la niña, para yo entonces hacer gala de mi objetividad profesional y responder por encima del hombro: 

¿Mi nieta?... ¡ella es bella y perfecta!



Nicolás Baselice Wierman.
Caracas, Enero 2013.

sábado, 7 de julio de 2012

La señora Barragán


Había llegado el día. Después de tanto imaginarlo, había llegado el día. Siempre supo que sólo una situación como ésta lo pondría todo al descubierto. Se desplazaba en taxi por la avenida sin dificultades de tránsito. La tarde de un sábado es así, engañosa. El destino es siempre el mismo, la muerte, y ella iba a encontrarse con la de Federico.

Había sucedido en la madrugada de una forma tan inexplicable como aparatosa. Todo fue muy rápido, tanto que casi se agradece. Luego de la difícil identificación legal y la decisión de no dejar ver más el cadáver por tanto deterioro, ahora tenía una sola ansiedad: finalmente iba a conocer a la otra. No sólo estaba convencida de que Federico tenía otra mujer sino que, aunque no se explicaba en qué momento la atendía, sabía que era una relación de muchos años. Tantos como los de su propio matrimonio por lo que le parecía que nunca tan bien aplicada lo de “relación paralela”.

Tan sólo 18 meses fueron necesarios para decidir vivir juntos luego de aquel encuentro de grupo  en el que casi por descarte terminaron conversando a la entrada del baño de hombres donde se tropezaron cuando ella pretendía entrar y él saliendo le indicó…

            -El de la izquierda.
            - ¡Ah claro! –le respondió ella sin darle importancia.

Recordaba que al salir del servicio él estaba aún allí y le extendió la mano…
            -Federico, me llamo Federico.
            -Andreína, le dijo ella aceptando su mano.

            Desde ese día, hacía ya doce años, habían hablado todos los días y dormido juntos el resto de las noches después de tres semanas del encuentro en la puerta del baño.

Para Andreína era la historia de amor perfecta, a primera vista, sin besar muchos sapos, cariñoso sin exageraciones, responsable dentro de lo creíble y aseado. Cuánto había rogado de joven por esa característica y agradecido en la temprana madurez. Además Federico contaba con algunas habilidades que permitían una clara distribución de roles: ella podía con los fogones y él con los destornilladores.

“La verdad es que nunca dejaste gotear un grifo por más de dos días –decía Andreína para sí- y los cortocircuitos no nos produjeron nocturnidades fuera de horas…  pero seguro que allá, con ella, contratabas al técnico y te hacías el héroe con las manos limpias, eras un bicho Federico”.

            Estaba por llegar al sitio, miró el brazo del reloj, se orientó, y le indicó al taxista
 -Aquí a la derecha y por la derecha. En la puerta del estacionamiento por favor.

            Había dolor, claro que había dolor, pero el inminente encuentro con su paralelismo generaba en ella una zona de analgesia que no daba cabida sino para el pensamiento frío.

Caía ya la tarde. Pasó directamente a las oficinas de la funeraria por las escaleras. Era un pequeño cuarto con mobiliario muy básico y a decir verdad no parecía haber sido renovado en años. Se sentó al frente del escritorio. La expresión facial de la persona que la atendió parecía parte de la decoración. Más que sobriedad, todo era de una tristeza pareja.

            - El cuerpo del señor Barragán está por llegar –le informó el encargado.
            - ¿Cuánto tiempo cree usted que tarde? Preguntó Andreína con interés.
            - No creo que más de dos horas. Ya el traslado está coordinado.
            - ¿Será que me da tiempo de hacer algunas diligencias mientras eso sucede? Tengo algunos trámites pendientes aún.
            - ¡Claro!... pierda cuidado. Tómese el tiempo necesario que nosotros nos encargaremos de todo.
La voz del empleado era baja  y neutra, de ritmo lento y con un aire de solidaridad que rayaba en la simulación.
            - En todo caso, señora Barragán, la capilla ya se le adjudicó. Es la del corredor de entrada a la derecha –Le advirtió el encargado.
            - Muy bien, gracias –respondió Andreína ya incorporándose.

Se despidió sin entusiasmo, salió, bajó las escaleras y antes de tomar la calle volteó hacia las capillas del corredor. Estaba un poco confundida. Entró con la última luz del día y al salir ya la penumbra nocturna tomaba los espacios y los transformaba a su vista. Retomó su ruta. Caminó hasta un conjunto de comercios cercanos para hacerse de algunas cosas de última hora para luego tomar un nuevo taxi.
            - Señor, ¿Le importaría quitar la música y bajar un poco el aire acondicionado? Si fuera tan amable. Estoy de duelo y he dormido poco.
            - No hay problema señora.
            - Gracias. –Concluyó ella.

Se escuchó y le pareció oír a Federico:
            "Pareces un GPS, apenas te montas y empiezas a girar instrucciones: baja el seguro, cierra el vidrio, ponte el cinturón… pero eso sí, una dirección jamás”
<<Porque a mí y que no se me podía creer ni la derecha ni la izquierda, que no sabía de direcciones. Siempre me reí, pero la verdad es que siempre me sentí comparada. Seguro que la bicha esa hasta zurda será y tiene la izquierda clarísima>>
"…y cuando no hablas murmuras," Continuabas- como para que no haya duda de que el GPS sigue prendido”
<<Pues entérate Federico, eso era lo que murmuraba>>

En su abstracción, Andreína mezclaba esos pensamientos con el diseño de la logística.

<<Un toque y despegue por la casa. Ya no regreso hasta mañana después del entierro>>


Ya de regreso, pasó directamente a la sala velatoria y la encontró, estaba allí, <<es ella, tiene que ser ella>> se dijo. La mujer no estaba sola, pero quien la acompañaba no calificaba, no era del tipo de Federico, en cambio ésta sí que lo era. Había llorado y mucho. Se le notaba, sin embargo, había que admitirlo, era guapa. <<Como le gustamos a Federico>> pensó. Estaba en la esquina de la sala a la cabecera del féretro. Andreína, predispuesta y recelosa, tomó la otra esquina de la cabecera, no sólo para nivelar la jerarquía, sino para evitar el rincón opuesto en la diagonal de la sala que haría todo aquello más semejante a un ring de boxeo.

<<Cuánto lamento tu muerte Federico… me habría encantado asesinarte>> fue su primer pensamiento mientras se dirigía al sitio seleccionado.

            Las mujeres de la otra esquina hacían silencios y conversaciones en intermitencias dispares donde los primeros eran más largos que las segundas.

            - ¿Podrás sola con todo esto? Preguntó la acompañante.
            - Tengo que poder, es un hecho sin reversa  -Respondió con resignación- creo que lo peor es la costumbre. La ruptura de la rutina.
            -¿Sabes? Creo que no llegué a conocer a tu marido del todo.
<<tu marido, ¡Qué bolas!, -le pensó en su cara el otro yo de Andreína saltando dentro del cuerpo que la contenía-claro que no lo conocías, Era mi marido, marica>>
            - ¿Quién conoce a alguien completamente? –Respondió preguntando la otra viuda- Pretenderlo es una ficción. Todos estos años y aún me sorprendía…
            - ¿Por qué nunca se casaron? Preguntó con curiosidad.
            - Cosas… -respondió la viuda resignada.

Andreína escuchaba desde el extremo opuesto. Respiraba lentamente para poder oír un poco mejor. Intervenía en la conversación abruptamente pero en su pensamiento o por lo menos eso creía. En algún momento le pareció oírse a sí misma hablando.

<<Dile, caradura, que ese hombre tenía dueño… que sólo eras la barragana, que era a lo más Barragán que podías aspirar>>
             - ¡Descarada! –se escuchó decir Andreína.
Traen café y la mujer guapa de la otra esquina  toma la taza diestramente con la mano izquierda.
- ¡Coño es zurda! lo sabía,-dijo Andreína con poco disimulo- y además pensó           << ¡Sí era una burla, maldito!>>


            Entra el encargado de la funeraria, se inclina y le susurra muy respetuosamente:

-Señora Barragán, el cadáver de su esposo acaba de llegar.
            Andreína abre los ojos con algo de exageración, voltea y mira el movimiento en la capilla de enfrente, se mira los brazos, el reloj a la izquierda y dice para sí…
- ¡Ay coño Federico, me volví a equivocar!



Gracias Milagros por este milagro.
Ateneo de caracas 3 de julio de 2012… siete semanas después.

Nicolás Baselice Wierman.
@nbaselice en twitter
Instagram @nbaselice
Caracas, julio 2012

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