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miércoles, 3 de abril de 2019

El apagón, la oscuridad primitiva.

Es marzo, es once, es Venezuela. A las siete de la mañana de este día todavía un porcentaje del país se mantiene a oscuras, tanto, que se han suspendido las actividades académicas y laborales en todo el territorio nacional.
Todo, consecuencia de la interrupción del servicio eléctrico desde el jueves anterior a poco menos de las cinco de la tarde, momento desde el cual muchas de las zonas apagadas no han recibido ni un minuto de servicio, como el estado Zulia, durante un intento de restitución del servicio que ha resultado espasmódico a lapsos promedio de unas diez horas de sí contra otras tantas de no.
Si bien es cierto que este ha sido un apagón record, también es verdad que este evento es solo un escalón más en las ya consuetudinarias fallas del servicio.







En Venezuela tenemos un generador de energía hidroeléctrica de los más importantes del mundo, lo llamamos Guri. Fue proyectado en el extremo sudoriental del territorio y destinado a proveer de electricidad a las llamadas empresas básicas de Guayana, que en la transformación del hierro (minería) en aluminio y acero (industria suderúrgica) requieren de un inmenso, y digo inmenso, consumo de energía eléctrica. Si de esa generación, luego de su consumo primordial, quedaba algún excedente, se transmitiría al resto del país y hasta se exportaría, a Brasil por ejemplo, como de hecho sucedía en los tiempos en que, tanto Guri como la siderúrgica, funcionaban a plenitud.

Con el correr del tiempo, por razones objeto de otro artículo, la siderúrgica bajó su producción casi a cero y Guri por su parte fue perdiendo la operatividad de varias de sus turbinas.
Por otra parte, el resto del país se alimentaba de energía eléctrica desde generadores de sistemas termoeléctricos algunos e hidroeléctricos otros, según la geografía, y en conjunto constituían el Sistema Eléctrico Nacional. Sistema este que contaba con reservas de contingencia, que en casos extremos de fallas como la presente, recuperaban el servicio en un máximo de dos horas llevando a cabo trabajos con protocolos establecidos para emergencias y ni de lejos consideradas como acciones heroicas.

Pues de la misma manera en que Guri perdió la operatividad de sus turbinas, el Sistema Eléctrico Nacional perdió paulatinamente operatividad y se fue "acostumbrando" a depender del suministro de Guri, que ahora, sin la solicitud de las empresas básicas y aun trabajando a bajo porcentaje de su capacidad, era puro excedente.

Esquema grosso de nuestra expresión
"Un solo cable desde Guri"
Es así como se estableció, digámoslo coloquialmente, un solo cable desde Guri, en el extremo sudoriental del país, hasta Táchira o Zulia en el extremo occidental opuesto. Eso trajo como consecuencia que cualquier alteración en la generación o en la distribución produjera interrupciones de cierta duración en regiones determinadas, particularmente en las más alejadas del origen en Guri, en caso de generación, o en las más cercanas a la perturbación en caso de distribución.
Decíamos que es un escalón más en los ya consuetudinarios fallos eléctricos en todo el país. En el año 2010 ya se decretó una emergencia eléctrica, tan lejos como que Hugo Chávez vivía, y esa circunstancia permitió que el dinero asignado, que en tanto emergencia se adjudicó sin licitaciones y, por lo visto, sin seguimiento y control, se consumiera en plantas termoeléctricas y otras modalidades (se habló de barcos generadores para hacer, supongo, cabotaje itinerante de suministro) que luego supimos que eran equipos de segunda mano, facturados como nuevas y con sobreprecios considerables. Y allí están, solo que no funcionan, o no se instalaron, o sí, pero se abandonaron y muchos etcéteras.

Para los responsables de este servicio, para su imagen y sustentabilidad de su discurso quiero decir, no es lo mismo que no haya electricidad en una región, o dos de ellas, que solo afecta directamente a sus habitantes mientras el resto de la población le parecerá muy malo pero lo percibe, inevitablemente, como lejano, no es lo mismo, decía, que un apagón en más del 90 por ciento del país que hace inocultable y pone en conciencia de los ciudadanos en pleno y en simultáneo, la tragedia que supone no contar este servicio como consecuencia de la mala gestión sin atención de presente ni previsión de futuro.

Y es aquí donde estamos, perdiendo vidas siempre valiosas, perdiendo medicamentos que no sobran por cierto, perdiendo comida que tanto cuesta adquirir...

Las respuestas de Nicolás Maduro y su gente se circunscriben a un discurso épico-romántico de "venceremos el ataque hartero a nuestro sistema en esta guerra eléctrica del imperio" mientras que el ciudadano está esperando, ya no razones, ya poco importa, sino información técnica de logística y tiempos para certidumbre y comprensión de la situación. Por el contrario lo que se percibe es un auténtico desconocimiento de la magnitud del problema que tienen entre manos cuando en un primer momento el ministro a cargo ofreció solución en tres horas y ya estamos en el cuarto día... y el ministro por cierto, no ha vuelto a hablar.
La situación real es que, en vista de que la alteración, producto de un incendio muy cerca de Guri (generación) dejó fuera de servicio a la totalidad del país, cada estado o región deberá tratar de solventar con las subestaciones mal mantenidas o abandonadas, como ya dijimos, y "repartir" lo que haya de generación local, con criterio de prioridades que ojalá sean sensatas. Así hasta la reparación definitiva del accidente en Guri.
Termoeléctricas de Mérida. Inauguradas en 2010.
Abandonadas en 2012. Desmanteladas en 2016.
Imágenes actuales.


Un ejemplo, Caracas logra producir, con estos sistemas alternos en funcionamiento algo como 700 unidades (Mega Vatios, creo) mientras que el requerimiento es el triple, por lo cual esos 700 se van racionando y poniendo y quitando alternativamente en unas zonas u otras. Las malas lenguas dicen que priorizan los barrios populares, más por miedo a revueltas que por consideración de los desfavorecidos eternos, matando dos pájaros de un tiro al dejar así urbanizaciones tradicionalmente opositoras sin el servicio por tiempos mayores. Bueno, esto es Caracas que en ese sentido es la consentida. Siempre se ha temido a las reacciones de la capital. En estados del interior del país, donde los accesos a subestaciones son más intrincados y los abandonos más evidentes, obviamente la situación es mucho más apremiante.

Recuerdo en los primeros compases de esta tragedia al presidente Chávez, en el mismo plan épico pero desde el paternalismo populista, que aún hoy no sé si era cinismo o ignorancia pero, al final, definitivamente demagógico, declarar que si había que parar la siderúrgica y traer toda la energía de Guri a Caracas y al resto del país, pues "yo paro la siderúrgica. Primero está el pueblo" Digo que ignorancia o cinismo porque lo que realmente estaba detrás de semejante declaración era el ocultamiento de la necesidad de utilizar un recurso concebido para otro fin (Guri-Siderúrgica) por falta de planificación del recurso correspondiente. Además de que creo recordar que la siderúrgica ya estaba técnicamente parada en ese momento, en cuyo caso era definitivamente cinismo.

Parafraseando el dicho aquél: De aquellos apagones vienen estas oscuranas.

Tenemos la capacidad técnica, pero está del lado que no le gusta a Maduro y su gente, tenemos la capacidad instalada con unos jugueticos, que si bien están abandonados, visto lo visto, serían de relativa fácil recuperación. Eso es dinero, que también se puede obtener, solo que habría que ponerlo en manos diferentes a las que acabaron con las asignaciones referidas a la "otra emergencia" que es esta misma.
Escuchaba a un locutor de radio en "operativo especial por la emergencia eléctrica" muy condescendiente para mi gusto, decir: "Oremos para que el servicio eléctrico se restablezca pronto". Que me disculpe la gente de fe, pero se ora ante un desastre natural, ante una enfermedad. Esto de la electricidad entra en el ámbito del libre albedrío. Esto ha sido una decisión de humanos y es aquí, con los pies en la tierra que hay que solucionarlo.

De no ser así, nuestra oscuridad ya no será una metáfora.


Nicolás Baselice Wierman.
@nbaselice en twitter
Instagram @nbaselice
Marzo 2019.

martes, 19 de marzo de 2019

Chacaíto - Buenos Aires


Mismo andén, diferentes puertas. Coincidieron en un vagón del subterráneo. Sucedía usualmente aunque con poca frecuencia para el gusto de él. Ella, como siempre, con cara de agradada por la sorpresa a juzgar por su sonrisa perfecta y en contrapicado con la que invadía, inexorablemente, de abajo hacia arriba.

Era jueves pero la “sensación térmica” era de martes en virtud de un absurdo decreto de feriado que hizo del miércoles anterior un “como lunes”. Él no se sentaba nunca mientras viajaba, era su forma de conservar su cortesía aprendida para con las damas. Ahora ese gesto podría ofender. Eran tiempos de feminazzismo. Ella viajaba sentada siempre que hubiera oportunidad. Así que iban, él de pie, ella sentada y hablaban como en una cápsula en medio de aquel ruido natural del ambiente cerrado. Realmente se leían los labios.

Desde que se conocieron, ya casi veinte años, sintieron una conexión de la que nunca hablaron. De lo que sí hablaron era de política, de lo paranormal, de sus planes, algunas frustraciones, así como de alegrías y orgullos. Allí en el orgullo aparecían los hijos y entre los hijos las consentidas, esas mujercitas maravillosas que adornan nuestras vidas y llenan de historia nuestros futuros. Él llamaba a la suya de una manera muy cursi, - al decir de los envidiosos – solía decir. Ella llamaba a la suya con una cacofonía que tartamudeaba una sílaba de su nombre.

En veinte años eran muchos los episodios intercambiados acerca de ellas. Ambos sentían (imaginaban) que habían visto crecer a la del otro. Él asociaba su primer deseo de tener una hija con cierto suceso en el subterráneo, el mismo en el que viajaba ese día. Coincidía en eso con ella que alguna vez le comentó que había descubierto su embarazo al abrir el sobre que lo certificaba durante un viaje en ese tren. Bromeaban, él le decía, allí me embaracé. Ella le respondía, así supe que te preñé.
En veinte años, no solo los muchachos crecen, las sociedades evolucionan o involucionan. Así llegaron los tiempos de la emigración y ahora, como ese día, hablaban de las distancias. Ahora se leían los labios pero también los ojos. El dolor por la circunstancia y el pudor por la lágrima pública impedía los detalles de esas distancias obligadas. Ambas estaban en el sur hacía casi el mismo tiempo, les iba bien… hasta allí los detalles. Era el límite del llanto.

Al filo de las 17 horas de ese jueves “casi martes”, el vagón se fue a negro. Un extraño silencio ronco que murmuraba en baja frecuencia los rodeó y así mismo, una sensación corpórea que nunca supieron si fue mental o física, pero que los hizo sentir como ingrávidos aunque sin despegarse del piso él, ni de su asiento ella.
No sabrían decir si fue de inmediato o no, pero a la vuelta de las luces ya habían recobrado la sensación 
                                                             de la gravedad que da tanta seguridad.
El sonido interno anunció “Estación Chacaíto” con un
extraño acento sureño. Era su destino, salieron con cierto desconcierto pero a prisa. Se cerraron las puertas y se encontraron en un andén solitario –El salto de energía- pensaron.
Pasaron los torniquetes pero tuvieron que salir por una puerta que bien podría ser de emergencia –El salto de energía- reiteraron…

Atravesaron esa puerta y encontraron muchas mesas, muchas personas comían cosas ligeras. Se miraron con desasosiego. No entendían nada.

Su mayor sorpresa: Allí estaba la niña del apelativo cursi y la niña de la sílaba tartamudeada, con los brazos extendidos, la felicidad en el rostro y los labios listos para derramar besos…  era una sola, era la misma, era de ambos, eran sus padres y estaban en Buenos Aires…

Era el día del gran apagón de Caracas en marzo de 2019. Un salto en la Matrix.

Y decidieron no regresar nunca más.

Nicolás Baselice Wierman.
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Marzo 2019.








Este cuento se disparó al ver la fotografía de este local de comida rápida en Buenos Aires junto a un comentario que rezaba:  ¿Si me monto en Sabana Grande puedo salir allí?

lunes, 26 de marzo de 2018

La tentación del exilio


No era pobre, es decir, no era objeto de estadísticas que lo hicieran merecedor de la atención y el cariño del régimen de Gobierno. Vivía con modestia y dignidad. Tampoco era rico como dictaría el maniqueísmo de la literatura de folletín. Estaba ubicado en el mero pasillo de la invisibilidad pero lo angustiaba la torpe ejecutoria de la camarilla gobernante.
La esperanza de cambiarlo todo en aquel referéndum de un plumazo fue lo que lo terminó de arrinconar. Tenía la certeza de que era el momento y compró, muy barata, la especie de que había sido robado el triunfo con fraude.

Pensar en irse afuera no era una opción, y no era arraigo, es que en ese momento la franquicia de exportación del experimento político nacional hacía ver aquello, más allá de la frontera, como la utopía hecha realidad, y si algo no quería, era ser víctima de la política exterior de su país. Sería el colmo, decía. Aunque era una broma sonaba bien. La verdad era que entre sus limitadísimos recursos de jubilado y el secuestro económico que suponía el experimento político, esa no era una posibilidad.
Era creyente decía, pero no de religiones. Creyó que la política se podía hacer sin políticos, conoció así la palabra outsider, los apoyó para más tarde o muy tarde descubrir que eran embrión de caudillos. En ese camino acuñó la frase: Las ideologías con nombre de gente viva son la maldición de los pueblos. Desde aquí, creyó ahora en las fuerzas que se oponían que con argumentos no solo hilados sino con mucha difusión lo convencieron de que la capital era el país y su barrio la vanguardia renovadora. Pero perdió y la depresión lo invitaba a taparse los oídos como los niños, vivir hacia adentro y aunque ya sabía que no era verdad repetía como un mantra: Me importa un carajo lo que hagan, si no trabajo no como.

Quiso entonces vivir una vida hacia su interior, espiritual la llamaban en la época. No encontraba cómo. Nunca tuvo mayor afición por la música, no sabía qué cosa era comprar discos. La lectura siempre le dio sueño y, aunque hubo libros, nunca hubo lecturas. El cine, eso sí, pero era caro y la verdad no había un círculo en el que se pudiera comentar ese género o al menos él no lo conocía.

Esta semana se cumple un año más del fallecimiento del abuelo y conocer ese país que mamá les ha contado tanto será divertido. Además, ella estará muy feliz de ver de nuevo esa ciudad donde creció y que hoy está irreconocible.
Les juro que se van a divertir. Conocer el país del abuelo o, al menos, su ciudad y su barrio será interesante hasta para mí que nunca lo vi sino a través de los ojos de mamá...

Sí claro, verán muchas personas mayores, viejitos y viejitas. Seguramente fastidiosos, pero les aseguro que estarán encantados de verlos y eso siempre es grato…

…¿Vamos a por las maletas?


Nicolás Baselice Wierman.
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Caracas, enero 2014
Publicado en marzo 2018.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Pan de Jamón a manera de Cuento de Navidad








Las Navidades de este 2016 en Venezuela no apuntan a ser unas fiestas tan tradicionales como las que solían combinar lo religioso con el consumo y el sentimiento de riqueza de cada quien a su nivel (Aunque solo se tratase de una ilusión transitoria)... Las razones tienen nombre y apellido, pero no es momento de hablar mal del tocayo.

Desde la cocina el mundo se ve diferente

Lo que sí creo necesario ante la adversidad, es no dejar en manos ajenas nuestro bienestar mental  -y no digo espiritual para no sonar autoayúdico- por lo tanto, si tratamos de

desembarazarnos del consumo (en tanto consumismo) podríamos centrarnos en hacer actividades relacionadas con las tradiciones y que congreguen amigos y familiares durante ratos largos y que conlleven a una celebración final. Si me lo permiten, equivalente al juego amoroso previo al orgasmo... No sé si me explico pero no voy a hacerles dibujitos.

Cocinar puede ser una de esas actividades y preparar en casa el pan de jamón, tan tradicional entre los venezolanos, y a la fecha de un costo prohibitivo, puede ser un congregedor indiscutiblemente navideño.
Juntar los ingredientes en equipo o no y reunirse en torno a su eleboración será una gran experiencia celebratoria, se los aseguro. ¿Que puede salir tan caro como comprarlo?... posiblemente, pero la experiencia de texturas, bromas, olores y ese orgasmo final de cortarlo y saborearlo los hará olvidar la Inflación más alta del Mundo al menos por un día.
Inténtenlo, no se arrepentirán. Aquí les relato la receta de Juan Carlos Bruzual que he probado y disfrutado durante varias navidades.
Si lo hacen podrán desear a sus cercanos venezolanos Feliz Navidad sin que suene a sarcasmo o eufemismo.

Ingredientes de relleno
800 g de jamón ahumado
Rebanando la proteína
100 g de aceitunas verdes rellenas de pimentón
60 gr de tocineta ahumada, rebanada en finas lonjas
Grasa obtenida de sofreír la parte blanca de la tocineta
60 g de pasitas negras
20 g de papelón rallado

Ingredientes del decorado
1 huevo entero batido
20 g de mantequilla sin sal

Ingredientes de la masa
595 g de harina panadera
244 g de agua muy fría
12 g de levadura fresca (o 4 g de instantánea)
12 g de sal
30 g de huevos enteros, batidos y fríos
71 g de mantequilla sin sal a temperatura ambiente
36 g de azúcar blanca

PROCEDIMIENTO
Amasado manual:
En un envase mezclar la levadura instantánea con la harina hasta que la levadura no se vea.
En caso de usar levadura fresca se diluye en la mitad del agua.
En otro recipiente se mezclan muy bien los huevos con el azúcar y el ( resto) agua.
En un envase grande se mezclan la harina con el agua poco a poco y de manera envolvente. Luego se agrega el resto de los líquidos también poco a poco. SE RESERVA LA SAL Y LA MANTEQUILLA.
Una vez que la masa esté mezclada se saca del envase para trabajar en el mesón.
En el mesón de trabajo se amasa durante 5 minutos, se agrega la sal en el minuto 3 (MUY IMPORTANTE NO JUNTAR NUNCA LA LEVADURA CON LA SAL) y se hace un amasado intenso durante 2 minutos, para luego comenzar CON PACIENCIA  a incorporar la mantequilla troceada. Una vez incorporada la mantequilla se hace un amasado intenso durante 5 minutos.
Decir CON PACIENCIA es porque parece que nunca se absorberá tanta grasa y se cae en la tentación de agregar harina para acelerar la absorción. NO haga eso nunca. Agregar harina extra cambiará todo el resultado. Nunca será igual, se lo aseguro.

Amasado a máquina
En el tazón de la amasadora se pone la harina con la levadura instantánea  y se mezclan en primera velocidad durante un minuto.
Agregue los líquidos (azúcar disuelta incluida) y mezcle en segunda velocidad durante 3 minutos. Si (Si la levadura es fresca ponga directamente los líquidos con la harina)
RESERVE LA SAL y LA MANTEQUILLA.
Ya mezclados pase a primera velocidad durante 5 minutos e incorpore la sal en el minuto 3. Pase a segunda velocidad y amase durante 3 minutos más.
Pare e incorpore la mantequilla en trozos, amase en primera velocidad durante 1 minuto y luego continúe amasando en segunda velocidad durante 5 minutos cuidando que no se caliente la masa.


LUEGO de cualquiera de los dos amasados que seleccione coloque la masa en el mesón de trabajo, divídala en dos trozos de 500 g cada uno y haga un preformado redondo (Ésto es hacer una bola apoyándola contra la mesa tratando de que el cierre quede hacia abajo) aplique un poco de aceite vegetal con las manos a manera de película selladora, tápelas con plástico y déjela reposar durante 10 minutos.

Mientras tanto divida los rellenos en dos partes iguales, una para cada bola de masa.




Con un rodillo extienda una de las bolas poco a poco hasta lograr un cuadrado de unos 40 cm x 40 cm. De medio cm de espesor aproximadamente.






Coloque una fila de aceitunas en el extremo superior y luego envuelva con masa quedando como un cordón de aceitunas envueltas en el extremo superior. Cada aceituna deberá tocar a la siguiente. Esto hará que en cada rebanada de pan haya una aceituna.


Pinte con la grasa de la tocineta la superficie de la masa extendida. Reparta las lonjas de jamón uniformemente (pueden sobresalir 1 cm por los laterales)  y deje una franja de unos 8 cm en el extremo inferior libre de relleno (Esto es para hacer el cierre y la decoración)















Sobre el jamón ya dispuesto, distribuya la tocineta, ya sea en lonjas o cortada en tiras delgadas transversalmente. También riegue las pasitas y el papelón rallado.
















Enrolle la masa con el relleno desde el extremo superior hasta el margen de los 8 cm del extremo inferior.
Haga unos 7 cortes iguales en ese margen inferior para obtener 8 tiras iguales. Tome esas tiras de a dos y crúcelas por encima del pan, entórchelas, en fin, póngase creativo, y cierre así el pan. Estas tiras quedarán crujientes.


Haga lo mismo con la otra bola de masa. Perfórelo con alguna punta de cocina sin deteriorar la decoración. Este pan necesita "chimeneas" de liberación de vapor por la cantidad de grasa que lo compone.
Tápelos bien con plástico y ponga en reposo durante una hora en lugar fresco.







Encienda el horno unos 45 minutos antes de hornear (Muy importante) a 170 grados centígrados o 375 grados farenheit si el horno es casero (Si es horno de convección serían 150º C o 340º F)
Justo antes de hornear barnice con huevo batido toda la superficie de manera uniforme con brocha de cerdas preferiblemente. Ponga en el horno cerca de la parte superior y déjelo 45 minutos.
Al sacar del horno barnice con la grasa de la tocineta (En su defecto con mantequilla derretida)
Este barnizado es para producir la posterior suavidad característica de este pan en los días subsiguientes.
Deje reposar en rejilla unos 20 minutos… y buen provecho.



Todas las variaciones en tanto creatividad son bienvenidas, no obstante recomendamos no alterar los tiempos de amasado y de reposo así como las temperaturas y tiempo en horno.



Nótese que este pan tiene poca fermentación, de hecho una sola y elevación de una hora, mientras que cualquier pan tiene por lo menos dos fermentaciones y algunas de mayor tiempo…
Es su característica.


Tomado en buena parte de la receta de Juan Carlos Bruzual 
cuyos libros recomendamos al 100% y experimentado de varias
maneras por quien escribe a lo largo de unas cuantas navidades.


Nicolás Baselice Wierman.
Caracas, diciembre 2016.

jueves, 15 de enero de 2015

To sir with love

Era ése el título de una película con Sidney Pottier que en Venezuela se tradujo como Al Maestro con Cariño, en la que él era el Maestro, negro, para más señas, y sus rebeldes estudiantes eran el cariño. Hoy es 15 de enero de 2015 y se celebra aquí el día del Maestro desde los años 40 del siglo pasado.
En el silencio de mi taller producto del desperezamiento de fin de año, (sí, aún) asocio la fecha a los recuerdos de mi primera escuela formal. Era una casa típica del antiguo centro de Caracas, pero desplazada hacia el norte y con fachada al Ávila. Puertas dobles y muy altas, ventanas también muy altas y planta muy larga. El consabido zaguán de entrada paralelo a la primera habitación que, creo recordar, fungía de oficinas.





Del zaguán, a un espacio que distribuía y conducía a una serie de habitaciones que ahora eran aulas, y esas primeras, las de los grados superiores. Ese recorrido nos hacía pasar entre las aulas a la izquierda y un primer patio interno a la derecha que permitía la ventilación, siempre natural y directa, de las aulas. Continuando encontraríamos el segundo patio que debe haber sido el solar del fondo (para mí, el gran solar, como se decía antes), esta vez a la izquierda y alrededor del cual se sucedían aulas de solo tres paredes. Eran aulas abiertas al patio por su cuarta pared. 
Hoy puedo deducir que fue ésta la remodelación hecha a la casa original para convertirla en colegio. Creo recordar tres de esas aulas abiertas al patio y una cuarta ingeniosamente resuelta con su patio “privado”: era el primer grado. A ese patio salíamos a ver hacia el cielo para completar la cartelera diaria que luego del día y la fecha concluía con ”El día está…” y si la respuesta era “bonito” (era la que más me gustaba) procedía el designado a colocar un solecito que alguna vez recortamos y armamos con colores.

Allí estuve hasta tercer grado, por lo que recuerdo las tres primeras aulas del fondo de la casa. Hasta allí nos acompañó mi madre, mi gran maestra, ella fue a atender solicitudes celestiales y nos dejó con su hermana y la fortuna de tener, como los muchachos de hoy, dos madres pero sin la circunstancia del divorcio o de las parejas homoparentales.

Esa escuela se llamaba Amelia Cocking. Ese nombre que hoy suena a gerundio sajón, fue para mí siempre un sonido que identificaba mi rutina y mis responsabilidades de niño. Nunca supe, nunca nos lo dijeron (al menos no lo recuerdo) quién era Amelia Cocking. Muchos años después, ya de adulto y antes del internet, volvió a mí ese sonido en el texto de sala de una exposición como la madre de un pintor venezolano que quedó en mi memoria como Cristóbal Rojas pero que hoy, ya con internet, descubro que no era él (razón tenía García Márquez cuando hablaba de la memoria).

En esa escuela vivía la Directora. Lo descubrí  un día que mamá nos recogió con casi dos horas de retardo y nos encontró almorzando a mi hermana y a mí en un comedor muy doméstico, con vitrina y cristalería propia de una vivienda: era la casa de la Directora. Nunca antes ni después tuve evidencia de la vivienda por alguna interferencia de actividades entre los dos usos.

Nunca me enamoré de una maestra (eso me pasó en el liceo) pero recuerdo el nombre de la del primer grado en el salón de patio propio: Señorita Auristela Pineda. Describirla no podría pero sí a la hija de la maestra de tercero de quien sí me enamoré cuando cursamos el segundo grado. Siempre me senté detrás de ella. Lo más cercano a una relación fue acariciar su usual chaqueta de cuero de ante desde mi puesto trasero, de lo que, por supuesto, ella nunca se enteró. Hoy no sabría decir si estaba enamorado de ella o de la suavidad de su chaqueta. Jamás había tocado semejante textura en ropa de diario.

De mis maestros, que fueron muchos ya que por la circunstancia de “las dos madres” entre cuarto y sexto grado recorrí cinco escuelas diferentes, recuerdo desde la que fumaba en el aula de quinto grado hasta la de cuarto a quien veía religiosamente en sus clases por televisión por lo que cuando preguntaba quién la había visto, orgulloso levantaba mi mano para su complacencia y la antipatía de mis compañeros. También en tercero de bachillerato el profesor de matemáticas daba clases en televisión. Por esas clases televisivas pude superar esa materia y sus sistemas de ecuaciones, solo que ahora no hacía público mi soporte televisivo.

En esa nostálgica renovación de fe que nos asalta a cierta edad, visité hace unos años la cuadra de esa primera escuela. Ya no está. La que sí sobrevive es la escuela usurpadora que algún día apareció como vecina nuestra, pared con pared, y que hoy luce nuevas y ampliadas instalaciones que se extienden hasta le esquina de la cuadra. La estrecha calle es hoy la ensanchada avenida Panteón. La vista al Ávila está interrumpida por altos edificios en la acera de enfrente. La brisa fresca y a veces fría de la falda del cerro no la han podido detener y se mantiene como para obligar a usar chaqueta de ante a diario a alguna niña linda de segundo de primaria.

 Desde “To Sir With Love” soy fan de las películas y series que cuentan historias de maestros y estudiantes. Si algo importante creo haber hecho en  mi vida, fue atender durante casi veinte años a más de 50 jóvenes por año que comenzaban sus carreras profesionales… fue una pasión: la transmisión de conocimientos y el verlos crecer.

Gracias a mis maestros de todos los tiempos y a Luisa, esa madre que en siete años me lo enseñó todo y me entregó sus                                                                                                                         herramientas antes de partir.
                                                                                                            Gracias, muchas gracias.

Nicolás Baselice Wierman.
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Caracas, enero 2015

viernes, 22 de marzo de 2013

Microanomia




Anoche me topé en el metro con una niña de unos 20 años, bella, como se es a esa edad, por obligación. Iba ella con audífonos Ipod, teléfono inteligente, pantalones muy cortos para dejar constancia de que ella está consciente de la calidad de las piernas que la sostienen. Colgaba de su hombro un bolso del que salía medio cuerpo de un perro de pelos cenizos con algunos adornos en la cabeza y, que a vuelo de ojo, debe gastar más en peluquería que su dueña. Entró, decidió viajar de pie y como ruleta en día de suerte, decidió hacerlo justo a mi lado, con el bolso ¿viendo hacia dónde?... hacia mí.

Yo leía y en cada arrancada del tren el perro pendulaba en su bolso, y yo lo calculaba para darle con las 250 páginas de mi libro si pasaba la línea que yo había trazado en la virtualidad que nos separaba.  Ella debió haber notado mis intenciones y desagrado desde su ensayada indiferencia porque como si estuviera viendo la línea, protegía al animalito de la potencial contundencia literaria.

Seguramente, se veía a sí misma como la estereotipada neoyorkina que pasea su perrito de la manera más exótica que puede Manhatan abajo. Finalmente se bajó en una de las estaciones que, desde mi prejuicio, la acreditan de todo lo dicho.

Estoy seguro de que de ser un día laborable (era sábado) y ella estuviera vestidita para su jornada y coincidiera en el vagón con algún sujeto con vallenato en su celular a todo volumen o comiéndose una empanadita frita (que los he visto), diría cosas como “este mono balurdo” (así como negro palurdo en otros castellanos) o “asqueroso” al de la empanadita. Jamás se reconocería como igual a ellos, que lo es, ni como habitantes del mismo espacio que los nivela, el de la infracción contra la convivencia.

Ya domingo en la mañana voy a buscar los periódicos.  Vivo en el último piso de un edificio de 17. Cuatro apartamentos por planta. Al salir siento el crackear de lo que constato como pequeños fragmentos de vidrio por los restos más grandes esparcidos por todas partes. Al mismo tiempo mis zapatos registran una atracción extra a la de la gravedad.  El contraluz de la mañana dibuja en el piso para mí el contorno, amplio por cierto, de la causa. Temprano debió ser líquido pero ya a esta hora había trocado en mancha gruesa y pastosa de textura propia. Todo esto custodiado por una lata de cerveza vacía pero firme y arrinconada como torre de ajedrez.

¿Qué pasó?. Especulemos… dos bebidosbebiendo, uno deja caer su trago, el otro apura su cerveza, la coloca con cuidado en el piso donde, como buen borracho, cree que no se nota. Medio arriman un poco los vidrios rotos, llega el ascensor, esquivan el charco como pueden, abordan la cabina y abandonan la “escena del crimen”.

Sólo cuatro apartamentos por planta y siendo el último piso, nadie sube hasta allí a menos que venga a alguna de nuestras casas. Yo estuve solo este fin de semana, quedan tres sospechosos. Si el mundo fuera como dice el lugar común, un pañuelito, diría que fueron la niña del perro en el tren y sus invitados.



Mientras no estemos listos para la convivencia ciudadana no seremos sino habitantes, un accidente geográfico, pero nunca ciudadanos. Seguiremos siendo llamados Pueblo por nuestros dirigentes políticos. Y así adocenados, considerados Masa y tratados como tal en la esperanza de que respondamos a coro como Borregos.


 Por lo pronto decidí limpiar el pegoste y recoger los vidrios. Llamé a la puerta de mis vecinos, les conté lo que estaba haciendo y lo que había encontrado, sin reclamos ni acusaciones. Cada uno sabrá qué hacer con la información.

Si la solución les parece muy civilizada y tolerante les diré que el primer impulso fue  de "perro loco en Manhattan", romper otros envases de vidrio y regarlos de miel por todo el pasillo exacerbando la anarquía.
No sé si me explico.



Nicolás Baselice Wierman.
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Marzo 2013.




Ilustarción de Ralph Steadman de perros locos en Manhattan 


*Para la psicología y la sociología, la anomia es un estado que surge cuando las reglas sociales se han degradado o directamente se han eliminado y ya no son respetadas por los integrantes de una comunidad.



miércoles, 6 de marzo de 2013

¿Y después del Mago de Oz qué?


El hombre de paja reclama su cerebro y el mago le dice que ése es un deseo básico y vulgar “de donde vengo todos tienen cerebro pero existen las universidades donde se convierten en pensadores, inventores y eruditos. Pero tienen algo que tú no tienes… ¡un título!... ¡Yo te lo doy!”. Y listo.

El león no quiere ser miedoso y reclama Valor, a lo que el mago respone diciéndole que “los héroes, de donde vengo, lo parecen porque pasean sus galas con frecuencia. Pero  tienen algo que tú no tienes y yo te la doy… ¡Una medalla al valor!”... listo.

El hombre de hojalata pide tener corazón, quiere sentir. El mago le sugiere: “Mejor no tenerlo, son muy fáciles de romper. En mi país están los filántropos que tienen el corazón del mismo tamaño promedio de todos, pero si insistes, toma” y le da un corazón que “hasta late” (suena tic, tac…) Pero eso sí, le dice,Recuerda que un corazón no se juzga por cuánto ames sino por cuánto te quieran tus semejantes.”

A todas éstas, el Mago de Oz, antes, al ser descubierto había confesado ser un farsante pero “no soy malo, soy un hombre muy bueno pero la verdad, un mal mago.”

La muerte del presidente Chávez trajo a mi memoria el final de este cuento. Pienso que en mucho, fue un hombre de buenas intenciones pero un muy mal “Mago”. Y eso se podría medir por sus ejecuciones. Dividiendo para vencer, destruyendo para construir, arrebatando parar repartir, argumentando desde el resentimiento que, y es lo que me pareció siempre, él entendía como justicia. ¿Que era para favorecer a los más vulnerables? Digamos que sí, pero generando otra categoría de marginados, desasistidos y perseguidos.

El populismo, que aunque para algunos suene a mala palabra, es un recurso lleno de buenas intenciones  del que se echa mano cuando por incapacidad no hay mejores herramientas o por la urgencia de resultados y en todo caso sin visión de historia. Ésto usualmente no es sustentable en el tiempo, no hay riqueza que lo soporte, sobre todo cuando se torna en mero asistencialismo y luce como virtud.

El Mago de marras, del cuento de Lyman Frank Baum, cuando le da al hombre de paja su título, “porque cerebro tenemos todos”, enuncia un igualitarismo engañoso propio de la izquierda primigenia. Como ejemplo las universidades y carreras creadas en Venezuela con premura, bajo el gobierno del presidente Chávez, en las que se titulan profesionales con el criterio de la cantidad predominando sobre la calidad. Que si bien sirve para las estadísticas, no estoy tan seguro de que sirva para la insersión de profesionales en este demandante mundo ya globalizado. Se pone por encima del contenido la forma y la prisa. Y me pregunto: ¿Populismo, magia mala?… en fin.

Y al final, si damos por buena la sentencia del Mago de Oz con respecto a la valoración de un corazón, Hugo Chávez, en su condición de héroe-villano que justificó muchas de sus acciones desde el amor, hizo suyo el algoritmo del retorno geométrico del querer. A juzgar por las imágenes de sus exequias que la televisión nos ha mostrado durante todo el día de hoy 6 de marzo de 2013, en las que una gran multitud muestra dolor y agradecimiento legítimos.
Pero sigue siendo la mitad de la Multitud, escrito ahora con mayúscula. Otro dolor, otra tristeza.

Ciertamente en estos años, más allá de que estemos o no de acuerdo con las formas y los costos de intangibles en libertad y justicia, un porcentaje importante de los venezolanos elevó su nivel de vida. Sólo el futuro, más próximo que lejano, dirá si realmente salieron de la pobreza.

Sólo el futuro nos contará el verdadero final de nuestro Mago de Oz.
 


Nicolás Baselice Wierman.
@nbaselice en twitter
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Caracas, marzo 2013.

lunes, 24 de diciembre de 2012

El cochino en Navidad.


El título sugeriría un texto gastronómico o en todo caso de salud del tipo “Se puede No engordar en diciembre” pero no. Lo advierto de una buena vez, lo que sigue podrá sonar a muchos como la versión disminuida de un Grinch tercermundista venezolano.

En Venezuela la tradición universal del regalo navideño tiene el nombre de aguinaldo, el que también se le adjudica a los cantos propios de la época y que en otras partes del mundo se denominan genéricamente villancicos. 

Recuerdo de pequeño una tarjetita que llegaba a casa en temporada previa a la Navidad que rezaba casi textualmente “Su servidor (y aquí el nombre de ese servidor) operador del aseo urbano le desea una feliz Navidad y un próspero Año Nuevo y aprovecha la oportunidad para recordarle el tradicional aguinaldo con que siempre nos ha favorecido”.  Esa tarjeta era recogida por el mismo personaje una semana después adjunto a un billete, generalmente de baja denominación, que supongo conformaba un “pote” que se repartía entre el equipo de operadores del Aseo Urbano.

Mi edad no me lo permitía y no sé si esa mutación del “es sólo un detallito, ay pero no te hubieras molestado” que era el regalo navideño, es decir el aguinaldo, mutación decía, al metálico y cochino dinero se haya producido a través de esa tarjetita que seguro todos los de mi generación recordarán. Lo que sí es cierto es que se institucionalizó de tal manera que los contratos colectivos, reivindicaciones sindicales y toda forma de pacto laboral incluye además de bonos de productividad, de asistencia y de fin de año, un monto indefinido-obligatorio llamado pomposamente A-gui-nal-do.

Es por estos derroteros que se desarrolló la cultura del moderno aguinaldo navideño en Venezuela que hace creer a todos con derecho a pedir el “aguinaldito” (eso sí, en metálico) a cualquiera que encuentre a su paso aunque 
jamás en su vida lo haya visto.


Es a partir, creo, de finales de los años 60 que comienzan a aparecer en épocas navideñas unas alcancías de las clásicas con forma de cochino que a la vuelta de pocos años trocó en omnipresencia. Colgaban de los cuellos de los pregoneros mientras vendían sus periódicos, estaban en los mostradores de los quioscos de chucherías, pero también en los restaurantes, tiendas de ropa y, hasta redundantemente, en las ventas de alcancías con forma de cochino.

En arrebatos de originalidad estos cochinos que exigen su “aguinaldito” se han ido convirtiendo en esperpentos disfrazados de cualquier cosa al grado que algunos recuerdan al Chuki,  aquella grotesca historia del muñeco perverso y que en la saga, después de “La Novia de Chuki” podríamos producir en Venezuela “Chuki el cochino y la Navidad del terror, la película”.

Particularmente detesto ésta ya tradicional costumbre. No sé qué tan abundante pueden ser las recolectas por esta vía pero que hasta el dueño de negocio propio ponga su cochino, pida el aguinaldo y al final se lo quede para sí porque ni empleados tiene, me parece que hace tambalear la dignidad y el orgullo por el servicio bien brindado.

Cuando expresé, hace algunos años, en voz alta estos pareceres fui visto de tal manera que a partir de ese momento y en vísperas de Navidad tengo el sueño recurrente de que los ruidos en la chimenea (que no tengo) me emocionan imaginando a Santa que desciende con regalos y alguna dificultad. El ruido se desgrana, se atomiza, se multiplica, crece  y finalmente emergen abundantes y vengativos miles de cochinos de todos los tamaños y todas las indumentarias pero, eso sí, invariablemente todos de plástico. Yo aterrado y arrinconado trato de explicarles que lo que detesto es la costumbre, que quien los ridiculizó con esos disfraces, letreros y tatuajes son los culpables...


...Mientras lo escribo me sudan las manos. Siempre despierto antes del ansiado armisticio lo cual me genera una ansiedad adicional. Nunca más las Navidades fueron lo que eran mientras fui niño.

Sueño que salen de la chimenea, atomizados,
desgranados, en perdigonada.
Un diciembre, mi hijo me presentó ese éxito de los juegos de computadora (y otros adminículos) Angry Birds. Me pareció genialmente divertido, de mucha geometría, admirable. Me hice fan, lo juego con frecuencia pero al llegar al mundo de los cochinos me pongo inexplicablemente torpe, con temblores y no he podido pasar ese nivel. En fin cada quién con su trauma.




En todo caso les deseo a todos una muy feliz Navidad y 
que el año venidero, ese 2013, nos libere de los cochinos.






Nicolás Baselice Wierman
Caracas, diciembre 2012.

















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