Graciella, fading away. In memoriam.
Tuve la fortuna de tener tres madres: Luisa que me parió, que ya a los siete años me dejó carrera, método y gusto por el cine de misterio. Graciella, que me creció y Nieves, la Mamá Grande, tutora del padre que sería, “anietando” a nuestros hijos.
El costo de esa dicha es una trilogía de dolor hija de la lógica bíblica y biológica de: Los hijos enterrarán a sus padres…
Esa trilogía se cerró el 25 de abril de este 2025. A sus 93 años, Graciella, que me creció, nos dejó. Dedicó su vida a cumplir la misión que su hermana Luisa le heredara: hacer de sus hijos buenas personas y profesionales útiles y capaces. Lo asumió de inmediato prescindiendo de la opinión de dos maridos: el suyo y el de Luisa. Era 1961-“Háblenme a mí de empoderamiento” diría hoy. Le debo todo lo que de bueno puedan reconocer en mí. Mis defectos y perversiones son de mi propia cosecha.
De la cotidianidad extrañaré su bendición de la mañana, que trocó de un ojalá -”Dios te bendiga”, en decreto-orden -“Dios te bendice”. Y el piropo a una belleza que solo las madres ven -“vas muy buenmozo” Al regreso, con cara de cansado, me recibía -¿Cómo te sientes? Discreta manera de -“Mi´jo ¿Y qué me le hicieron por allá? viene como destruido”. Eso también hará vacío.
De de su vida, nada que echar en falta. Fue obra cumplida con entrega y mucha generosidad. Eso sí, mucho que recordar, nostalgiar y sonreír.
Se fue Graciella como el final de un gran concierto con cota al margen de la partitura, de las primeras que aprendí y que en inglés siempre me pareció poética: Fading Away o desvanecimiento, que en música es ir del sonido total, al silencio absoluto.
Así se fue Graciella, fading away, nos deja ese sabor de boca de un hermoso concierto ejecutado con sensibilidad, pero irrepetible como ella, como la experiencia de la música en vivo.
Graciella, descansa en paz y gracias por tanto.
Abril 27 de 2025.
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